Ver la primera parte.
Hacía un día tan excepcional que no pude dejar de seguir caminando, bordeando la costa con dirección a la Providencia: pasé al lado de los campistas apiñados y me dejé sorprender por la espléndida tarde que caía sobre la bahía. Glorioso calor, sorprendentemente excesivo para estas latitudes, y un sol de los que invitan al moreno marbellí que más de una y más de uno lucen por estas fechas (nos vemos en diciembre…).
La cuestión es que sobrepasar aquel recodo, el del camping, y enfilar la empinada cuesta es como superar una frontera inesperada: parece que sólo los elegidos la cruzan, porque más allá se terminan súbitamente las parejas de paseantes calmos y sólo quedan o bien enérgicos andarines o bien deportistas de pro, además del viento atronador.
Desde allí se domina todo, se ve la ciudad en una dirección y, hacia la otra, tan sólo verde y azul, sin más. Esto, unido a una buena ducha tras desandar el camino y una ración de terraza en buena compañía es, a buen seguro, la impagable recompensa de sobrevivir a las eventuales inclemencias de esta villa: prometer lluvia por la mañana, amenazar niebla a la hora de comer y regalar tardes claras y agradables de vez en cuando. Días como este son los que, a fin de cuentas, dan sentido al verano. Y sería una pena desperdiciarlos.
Ver la tercera parte.

[...] la segunda parte. Etiquetas: El Norte, Ficción, Paseo, Sol, Verano.Comentarios [1]Digg it!FacebookTwitterEditar [...]
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