Me llegan noticias de que uno de los grupos que esta semana han amenizado las noches de la Plaza Mayor, muy modernos y lánguidos ellos, se cebaron a base de bien antes del recital en un restaurante cercano.
Según el informante, que compartió bar con los músicos en cuestión, éstos pasaron aproximadamente tres horas comiendo y bebiendo y riendo, hasta tal punto que el bar olía a Cabrales por culpa suya. Un inicio prometedor
Pero la rocanrol actitud manda: aparecieron en el escenario, a las 9, con semblante serio, casi de espaldas al público y en una actitud soporíferamente solemne. Así se eternizaron con temas ambientales y profundos (intensísimo), sin mover ni un pie de sus respectivas posiciones, hasta hipnotizar a algunos y dormir a otros, marchando con la misma gravedad con la que habían entrado.
Reaparecieron, finalmente, en cierto bar de Cimadevilla riendo y bebiendo (no comiendo, lo que nos faltaba) como una pandilla de colegas tomando algo en una noche cualquiera.
Charlaban con los lugareños acodados hasta las mil en una terraza, compartían risas con quien quisiera acerárseles y todo para propinar un concierto soso, soso. Son como Gremlins: les das Cabrales y pasa lo que pasa.
