RSS Feed

agosto, 2009

  1. Fin de agosto (más gracias)

    Lo escribí el Lunes 31 de agosto de 2009

    Hola, majos:

    Vuelvo a dirigirme a vosotros para daros las gracias por la nueva alegría que me habéis dado durante este mes de agosto, en el que la marca de visitantes de julio ha vuelto a quedar atrás y, además he introducido el factor ficción en este blog.

    No ha sido posible colgar un nuevo episodio del Podcast porque no tengo el micrófono aquí, pero trataré de compensarlo hablando, en el próximo, sobre Bukowski y añadiendo otro poema/canción, Desconocidos perfectos.

    No me gustaría terminar sin daros las gracias de corazón por la fantástica experiencia que ha sido la columna Un verano fatal. Este año no contaba siquiera con hacerla, pero al final cuajó y el experimento ha salido genial.

    Muchas gracias por estar ahí.


  2. Lunes 31

    Lo escribí el

    Ya es lunes 31, un pequeño apéndice al mes de agosto, un minúsculo epílogo que marca el retorno definitivo, la vuelta a las pequeñas cosas de lo cotidiano y (esperemos que no demasiado) rutinario aunque, como bien narraba ayer Azahara Villacorta en este mismo espacio, la actualidad de la temporada otoño-invierno desprende, desde ya, cierto tufillo a soporífera monotonía.

    Hoy comienza la diáspora de amigos reunidos en Gijón a lo largo de este mes: uno aquí, otro allá; los que se quedan retornan a la reclusión estudiantil o laboral y, en general, vuelven a sonar implacables despertadores a horas imposibles, con sus 5 minutos de remoloneo y la inevitable nostalgia de las tardes al fresco.

    Han sido dos meses abalanzándonos sobre la calle y sus personajes, agarrando el verano con ganas y zarandeándolo para sacarle lo mejor: desde aquel tipo que se ha pasado estas semanas paseándose con un cartel al cuello pidiendo «Huelga general» hasta la riquísima vida interior de El Molinón, pasando por la selección musical que hemos podido encontrar en las calles de este Gijón: el demonio del acordeón, los lánguidos modernos y -claro- cienes de gaitas.

    Ayer por la tarde aún hacía sol, paseábamos discretamente como tratando de evitar que se escapara el verano y la Fiesta de la Sidra da sus últimos coletazos. Dentro de poco viene San Mateo; luego contaremos los días hasta los puentes, las vacaciones, la Navidad, Semana Santa, mayo… Y vuelta a empezar: ya queda un lunes menos.


  3. La cabeza [3]

    Lo escribí el Domingo 30 de agosto de 2009

    Ver la segunda parte.

    Logré aguantar la sobremesa como pude, y en cuanto hubo terminado, aproveché el receso del que gozábamos para enviar discretamente a mi secretario a la botica, en busca de algún remedio que pudiera mitigar el dolor hasta mi vuelta a la ciudad; los pinchazos se volvían más y más insoportables con cada nuevo movimiento y preveía que la junta de aquella tarde se iba a convertir en un auténtico suplicio; y así fue.

    Daban ya las siete, empezaba a oscurecer entre la niebla espesa y el farolero la iba sembrando de esferas de luz que flotaban suspendidas entre la masa blanquecina. Nosotros nos apresurábamos para tomar el ferrocarril; mi estado era ya muy lamentable y, aunque no me miré en ningún espejo, supe por el semblante con el que me observaba mi secretario que el mío no podía ser sino el de un moribundo.

    Penosamente, entré en mi habitación y me desvestí. Renuncié a la cena fría que tenía sobre la mesa; me limité a asearme y a acostarme de inmediato. Tardé varios minutos en encontrar una postura que no me hiciera daño en el cuello, me costó mucho dormir a pesar del agotamiento y el sudor, permanente, impregnaba la almohada allí donde reposaba la cabeza más de unos instantes.

    Por fin logré conciliar el sueño boca arriba; un sueño por supuesto entrecortado y en absoluto reponedor. No obstante, en algún momento debí de lograr sumirme en una fase algo más honda y, cuando quise darme cuenta, comenzaba amanecer.

    La primera sensación que tuve, al abrir los ojos, fue de haber descansado y de que todo había pasado. Fuera brillaba un extraño sol de domingo y la jornada parecía ofrecer un largo paseo a quienes quisiéramos aprovecharlo. Me propuse estirarme levemente, levantarme y disfrutar del día de descanso; reponerme, aunque fuese, del desasosiego.

    Pero no pude. Me descubrí boca arriba, con la cabeza ladeada sobre la almohada, totalmente inmóvil, con la manta cubriéndome hasta las axilas. Me entró el pánico, no lo niego; noté cómo cada nervio se encogía, se expandía y todos los poros de mi cuerpo se abrían para empezar a liberar chorros de sudor frío. Volví a intentar la operación, convenciéndome de que todo era un mal sueño, una imaginación. De nuevo, fracasé.

    Por fin renuncié a todo y traté de pedir ayuda, pero de mi garganta no salió más que una incómoda y débil masa de sonido ininteligible. No podía mover las manos; ni las piernas; ni el torso; ni el cuello: era perfectamente consciente de cada parte de mi cuerpo, pero me era imposible hacer nada con ellas.

    Al cabo de unos minutos, cuando logré tranquilizarme (“en algún momento me echarán en falta”, pensé) lo que empecé a sentir fue un fino hilo de baba deslizarse por la comisura de mis labios hasta posarse en la delicada tela, empapada. Y no logré contenerlo. Entonces, sentí dos lágrimas ir a reunirse con la mezcla de fluidos…

    Ver la cuarta parte.


  4. Un paso más cerca de Ibiza

    Lo escribí el Sábado 29 de agosto de 2009

    Ha cundido la sorpresa entre gijoneses y veraneantes habituales por la sorprendente afluencia de visitantes que han aguantado en la ciudad esta segunda quincena de agosto, una vez superados los conciertos, restallones y demás festivales.

    La crisis no afecta al sector turístico: al contrario, lo impulsa; tenemos una de las proporciones de bares por habitante más elevadas de España; y por si todo esto fuera poco, llegan noticias de que barrios como la Calzada o Pumarín cuentan ahora con una presencia hostelera más que boyante.

    Tal es el optimismo que por no afectarnos, no nos afecta ni el clima: proliferan ‘a veira do mar’ terrazas y chiringuitos de corte ibicenco-mediterráneo, con su rollo lounge y sus sillones blancos («Pero eso ¿cómo harán pa lavarlo?», se preguntaba el otro día una nativa) que quedan preciosos en el litoral astur y le confieren ese toque sofisticado que tanto nos gusta por estos lares.

    La gente bien se apoltrona encantada, con sus gin-tonics a precio de oro, rodeados de palmeritas disfrutando de las noches de verano. Y si se tuercen, poco importa: en vez de jersey por los hombros nos ponemos el polar en agosto para salvar el orbayo y tan panchos. Pa gallos, nosotros: Ibiza está ahí. Y si no, al tiempo


  5. Otros veranos

    Lo escribí el Jueves 27 de agosto de 2009

    Nuevos Ministerios es un complejo mamotreto gris de cemento en cuyas tripas se encuentra uno de los mayores intercambiadores de Cercanías y Metro de la Madrid. Al salir a la Castellana, en invierno, el frío corta la cara; en primavera, no se sabe muy bien si fuera espera el calor incipiente o la ventisca tardía; y, en otoño, sucede aproximadamente lo mismo.

    Pues ya anochezca a las 7 de la tarde o a las 10 –es decir, durante todo el curso– aguarda fuera un tipo enjuto, de tez oscura, que con su clarinete se pasa allí las jornadas enteras, tocando y retocando largas composiciones clásicas con gran sobriedad.

    Cuál fue mi sorpresa cuando, paseando por el Puerto Deportivo hace un año, topé con el mismísimo escapando del  desierto verano madrileño; y este año, también. Ya no luce ni los guantes sin dedos ni la pesada gabardina, que ahora reposa sobre el altavoz que amplifica el acompañamiento; ya no toca solemnidades, ahora se lanza con animadas y saltarinas melodías, y no oculta una leve sonrisa ahí sentado, bajo un plátano de sombra, tan ricamente.

    Dentro de poco más de una semana nos volverá a esperar, supongo, sentado en la misma banqueta de Nuevos Ministerios; así que de momento, toque lo que toque, corramos a aprovechar antes de que se lleve este sol.