La máquina de follar
Charles Bukowski
Barcelona, Anagrama
2002
Si puedo evitarlo, nunca jamás leo traducciones: la mente se dispersa, la atención se desvía involuntariamente hacia cuestiones que no tienen nada que ver con lo que se está leyendo. Es el caso de La máquina de follar, que, encima, está traducido por cuatro manos.
La frescura e inmediatez originales, hijas sin duda de las cualidades como poeta de Bukowski, desaparecen en nuestra lengua, pero sí subsiste la atmósfera que crea en cada relato y el trasfondo entre humano y surreal que con tanta maestría trabaja.
Hermoso es, pues, el collejón que se merecen los señores de Anagrama: qué fácil es encargar un dibujín de una zagala con dos lustrosos encantos y venga, ponle de título el del último relato, que suena apetecible. Justamente lo más lustroso del libro (y del autor), que es esa atmósfera, parecen haber sido olvidadas en la edición para, en su lugar, tirarse a lo fácil.
Esta es la editorial responsable de acercarnos algunos de los más reseñables libros que se han escrito en lengua inglesa, pero en ocasiones, como esta, tropiezan con el espíritu ramplón de quedarse en lo guarro, en lo maldito, en lo simple, y el resultado —por mucho que la selección fuera aprobada por el autor— es una colección deslavazada y descafeinada.
Es evidente que un libro de relatos no puede funcionar como un bloque, y que buscar una coherencia entre cada texto más allá de un estilo no sirve de nada; pero en La máquina de follar no, parece que los cuentos se alternan de manera desorganizada, que se cruzan chapuceramente convirtiendo el libro en una especie de colección de consulta. Para que figure en el armario, vamos.
De la obra en sí misma poco hay que decir, lo de siempre: ya es sabido cómo se las gasta Bukowski y en qué terreno se mueve, pero vuelvo a descubrirme ante él, vuelvo a tener ganas de comprar otro libro y de abrirlo con avidez cuando encuentro, línea tras línea, que no deja de sorprender, que sólo escribe desde la creatividad. Se permite fijar unas coordenadas, elegir unos carriles por los que va a transcurrir lo que sea que nos quiere contar cuando un para de páginas más allá se lo carga todo, empieza de cero y se reinventa. Y así, hasta el infinito.