Llevo tratando de no dormirme a los cinco kilómetros de carrera desde que comenzó este Tour de Francia, sin éxito. Lo mismo me sucede con los telediarios, capaces de mandar un enviado especial a la Antártida a cubrir una tormenta de nieve con tal de arañar un par de minutos al aburrimiento estival. Y Michael Jackson ha muerto, por si alguien no lo sabía.
El domingo por la noche, hojeando la edición digital de cierto diario, comprobé que la segunda noticia más visitada (¿Sobre quién versaba la primera? Empieza por Michael) llevaba por titular «El dilema del uso del biquini por la ciudad». En el extenso artículo (unas diez veces esta columna) la preocupación ciudadana que despierta este asunto quedaba patente en una maraña de acusaciones entre ayuntamientos y hosteleros; en un festival de PIB y porcentajes; y, como no podía ser de otra manera, todo ello aderezado con las opiniones de catedráticos en Ciencia Política y Antropología.
Es frenético: aún no nos ha dado tiempo a digerir la bacanal que la semana pasada mereció la portada de otro rotativo nacional cuando nos llega esta bomba informativa. Menos mal que Obama no ha tenido a bien volver a cazar una mosca, porque explota Internet y se colapsa el país.
