Alta gratuidad

Es de todos sabido que en cualquier acto público, presentación o congresillo existen tres elementos fundamentales para que se pueda considerar exitoso: comida, gente guapa y cosas gratis, como si se tratase del título de una novela de Stieg Larsson.

Tuve oportunidad de comprobarlo en la entrega de premios del Gamelab anteanoche, edición esta con más gente, menos sillas y más presupuesto para comida que el año pasado.

Sala Acapulco, 10:52 de la noche, «Muchas gracias a todos por haber asistido a este Gamelab», empieza a sonar We are family (extended version). Los presentes hablan con el ceño fruncido por la erudición y una copa de vino en la mano mientras que van tomando posiciones (disimuladamente) en torno a las mesas, vacías de momento, pronto llenas de manjares.

Una camarera deposita una cesta con pan que se volatiliza al instante. Giro la cabeza, un redactor me dice, con los ojos inyectados en sangre y la boca llena «Pruébalo, tío, sabe a pizza».

Luego llega el embutido, los tacos de queso, los milhojas de anchoas y el postre, que hace temer lo peor: nos echan, hora de apurar, de llenar el tupper.

Minutos después, en la calle, comento: «Este año estaba genial montado, ¿no?». Me miran, guardan silencio, y responden por fin: «Vamos al McDonald’s, anda».


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