Se abre la puerta y entra un parroquiano en el café, en torno a la medianoche. Nosotros ya estamos sorbiendo té, embobados por lo inesperado del espectáculo: acabamos de descubrir que el dueño, que ya hace años que importó a Gijón su concepto de bar bohemio y nocturno, toca la guitarra española. Y que algunos días, por semana, cuando reina la tranquilidad, se pasan los amigos y se montan una jam session de tomo y lomo al final de la barra. Sólo se interrumpen cuando un cliente se acerca a pedir, y él deja la guitarra con resignación y cuidado sobre el taburete, sirve y cobra.
Tras un par de disquisiciones melódicas («Es un do, hombre, es un do») se arrancan a tocar todos juntos; vientos, bajo, dos guitarras.
El té se enfría, crece el ambiente de club de jazz y parece que Miles Davis o Django Reinhardt van a salir de debajo de la mesa de un momento a otro; el silencio entre los escuchantes se hace sepulcral y alguno incluso cierra los ojos.
En lo más alto del solo, en pleno éxtasis de sordina y metal, el parroquiano que acababa de entrar se carga un vaso y el saxofonista aparta la boquilla de sus labios para proferir: «¡Cagonmimáquina, Manolín, ya tas dando la nota!». Volvemos de golpe a la Tierra, pero el solo sigue y Manolín, resignado, recoge cristales.