Aún estoy conmocionado por los atentados con los que ETA ha celebrado su cumpleaños, cuando escucho, desde diversos puntos de España, las reacciones de familiares, compañeros y autoridades tras lo ocurrido ayer en Mallorca.
El hijo del policía nacional Eduardo Puelles, asesinado el mes pasado, llamaba a los terroristas “hijos de puta”, sin ningún tipo de pudor ni de remordimiento, vomitando toda la rabia contenida que cualquier ser humano cabal puede imaginar. Y no sólo atendemos con un escalofrío a sus declaraciones, a su fuerza, sino que la aplaudimos y arropamos como demócratas y, como gustan decir nuestros políticos (uno tras otro) como ciudadanos que somos en el “marco del Estado de Derecho”.
Qué palabras tan hermosas, tan llenas de significado y, al mismo tiempo, tan manidas y machacadas por el uso: porque es el “Estado de Derecho” el que va a erradicar el terrorismo de este país, dicen, y va a ser todo el peso de las leyes el que va a ahogar las últimas cenizas de este fuego que dura ya demasiado.
Nadie ha perdido de vista, como contrapunto oscuro, uno de los mayores atentados contra este país, los GAL, aquel barreño de dinamita que unos desgraciados de la misma calaña que ETA calzaron entre las páginas de nuestra Constitución y que, por suerte, no llegó a reventar; nos hubiera devuelto a las cavernas. Aquella etapa quedó (se supone) cerrada y superada, el terrorismo se combate ahora desde la frialdad y la madurez reflexiva que nos han dado estas décadas de ser un país más bien desarrollado.
Ahora el terrorismo se combate desde la Justicia y la Ley, ahora todos estamos unidos con los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (se me ensancha el alma hablando como nuestros salvadores). Pero ¿realmente vamos a algún lado convirtiendo a los etarras en un caso aparte, regalándoles un capítulo propio en esta cruda historia?
Me explico: cuando se desarticula una banda de rumanos que se dedican a robar en polígonos industriales resulta bastante entretenido descubrir los malabarismos sintácticos de políticos y medios de comunicación para introducir el consabido “presuntamente” en algún lugar de la frase, quepa o no quepa, con tal de respetar los procedimientos jurídicos establecidos.
Pero cada vez que ETA comete una de estas calamidades nadie se corta, merecen la silla eléctrica: en la última media hora los he oído llamar “mierda”, “malnacidos” y “desgraciados”; palabras proferidas no precisamente por familiares destrozados, sino por esas autoridades que, después del salto de línea, se llenan la boca con la Igualdad y el Estado de Derecho, con unas prisas para informes periciales como el de la casa-cuartel de Burgos que rallan en lo maníaco, con el hecho de imponer la Cruz del Mérito Policial a personas cuyos nombres desconocían hace 48 horas.
Me niego a seguir encontrando, en la matrícula para la Universidad, un supuesto especial para víctimas del terrorismo; me niego a escuchar a un solo vasco más disculparse por lo que han hecho estos bandarras; me niego a todo esto mientras que quienes tienen que ocuparse de acabar con esta lacra sigan diciendo que ETA son cuatro gatos que están acabados y, a continuación, después de la bomba, procedan a teñir de gravedad sus caras, a organizar pomposísimos actos oficiales y a conferirles, en definitiva, una categoría que ni tienen, ni merecen. ¿En qué quedamos?
Seguir proclamando la unidad ante estos actos es cacarear humo. Si la unidad es que Rajoy y Zapatero viajen juntos en un avión y que nuestros políticos se pongan, al unísono, en plan macarra mientras que en algún rincón del País Vasco unos criminales se vanaglorian de un coche ardiendo, vamos de culo. La coherencia es lo primero que nos sacará de este lío; la cohesión, la que nos acercará al final; y dejar de utilizar este cáncer como herramienta política será lo que, de una vez por todas, acabará con ellos. La pelota está en nuestro tejado, en quienes creemos en este país y estamos dispuestos a tolerar y purgar todos sus males; no está en el tejado de los malnacidos, mierda, desgraciados que sólo quieren minarlo: de nuestros mandantes es la responsabilidad de, igual que exterminamos cárteles de droga con raciocinio democrático, tomarse una tilita y dejar de tratar esto como uno de los apartados que más puntos da en un programa electoral. Avísenme cuando definitivamente el discurso de “los buenos” y ” los malos” se imponga (oído estos últimos días), tendré que desempolvar el Winchester y prepararme para la llegada de los indios.