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julio, 2009

  1. Un caso aparte

    Lo escribí el Viernes 31 de julio de 2009

    Aún estoy conmocionado por los atentados con los que ETA ha celebrado su cumpleaños, cuando escucho, desde diversos puntos de España, las reacciones de familiares, compañeros y autoridades tras lo ocurrido ayer en Mallorca.

    El hijo del policía nacional Eduardo Puelles, asesinado el mes pasado, llamaba a los terroristas “hijos de puta”, sin ningún tipo de pudor ni de remordimiento, vomitando toda la rabia contenida que cualquier ser humano cabal puede imaginar. Y no sólo atendemos con un escalofrío a sus declaraciones, a su fuerza, sino que la aplaudimos y arropamos como demócratas y, como gustan decir nuestros políticos (uno tras otro) como ciudadanos que somos en el “marco del Estado de Derecho”.

    Qué palabras tan hermosas, tan llenas de significado y, al mismo tiempo, tan manidas y machacadas por el uso: porque es el “Estado de Derecho” el que va a erradicar el terrorismo de este país, dicen, y va a ser todo el peso de las leyes el que va a ahogar las últimas cenizas de este fuego que dura ya demasiado.

    Nadie ha perdido de vista, como contrapunto oscuro, uno de los mayores atentados contra este país, los GAL, aquel barreño de dinamita que unos desgraciados de la misma calaña que ETA calzaron entre las páginas de nuestra Constitución y que, por suerte, no llegó a reventar; nos hubiera devuelto a las cavernas. Aquella etapa quedó (se supone) cerrada y superada, el terrorismo se combate ahora desde la frialdad y la madurez reflexiva que nos han dado estas décadas de ser un país más bien desarrollado.

    Ahora el terrorismo se combate desde la Justicia y la Ley, ahora todos estamos unidos con los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (se me ensancha el alma hablando como nuestros salvadores). Pero ¿realmente vamos a algún lado convirtiendo a los etarras en un caso aparte, regalándoles un capítulo propio en esta cruda historia?

    Me explico: cuando se desarticula una banda de rumanos que se dedican a robar en polígonos industriales resulta bastante entretenido descubrir los malabarismos sintácticos de políticos y medios de comunicación para introducir el consabido “presuntamente” en algún lugar de la frase, quepa o no quepa, con tal de respetar los procedimientos jurídicos establecidos.

    Pero cada vez que ETA comete una de estas calamidades nadie se corta, merecen la silla eléctrica: en la última media hora los he oído llamar “mierda”, “malnacidos” y “desgraciados”; palabras proferidas no precisamente por familiares destrozados, sino por esas autoridades que, después del salto de línea, se llenan la boca con la Igualdad y el Estado de Derecho, con unas prisas para informes periciales como el de la casa-cuartel de Burgos que rallan en lo maníaco, con el hecho de imponer la Cruz del Mérito Policial a personas cuyos nombres desconocían hace 48 horas.

    Me niego a seguir encontrando, en la matrícula para la Universidad, un supuesto especial para víctimas del terrorismo; me niego a escuchar a un solo vasco más disculparse por lo que han hecho estos bandarras; me niego a todo esto mientras que quienes tienen que ocuparse de acabar con esta lacra sigan diciendo que ETA son cuatro gatos que están acabados y, a continuación, después de la bomba, procedan a teñir de gravedad sus caras, a organizar pomposísimos actos oficiales y a conferirles, en definitiva, una categoría que ni tienen, ni merecen. ¿En qué quedamos?

    Seguir proclamando la unidad ante estos actos es cacarear humo. Si la unidad es que Rajoy y Zapatero viajen juntos en un avión y que nuestros políticos se pongan, al unísono, en plan macarra mientras que en algún rincón del País Vasco unos criminales se vanaglorian de un coche ardiendo, vamos de culo. La coherencia es lo primero que nos sacará de este lío; la cohesión, la que nos acercará al final; y dejar de utilizar este cáncer como herramienta política será lo que, de una vez por todas, acabará con ellos. La pelota está en nuestro tejado, en quienes creemos en este país y estamos dispuestos a tolerar y purgar todos sus males; no está en el tejado de los malnacidos, mierda, desgraciados que sólo quieren minarlo: de nuestros mandantes es la responsabilidad de, igual que exterminamos cárteles de droga con raciocinio democrático, tomarse una tilita y dejar de tratar esto como uno de los apartados que más puntos da en un programa electoral. Avísenme cuando definitivamente el discurso de “los buenos” y ” los malos” se imponga (oído estos últimos días), tendré que desempolvar el Winchester y prepararme para la llegada de los indios.


  2. Personalidades

    Lo escribí el

    En el centro de Madrid se puede practicar un divertido pasatiempo que, muchos forasteros, de visita en la capital, suelen pedir con la boca piñonera. Me refiero al reverso tenebroso de leer el ¡Hola!: consiste en apostarse en algún café de la calle Fuencarral y ver lucir palmito al famoseo, dejarse sorprender por aquel futbolista estrella que camina deprisa y con la gorra calada hasta la nariz («¡Es enano!») o por este secundario de la última serie española de moda.

    Pero nada hay como los de tres al cuarto, esos personajes que se encuentran en el escalafón inmediatamente inferior al de los tertulianos bandarras de los viernes por la noche: así ocurrió el pasado sábado, puede que al volver de un plató; el pequeño naturalista que todos llevamos dentro  entra en ebullición cuando se detiene un taxi, se baja una señora con cara de pocos amigos y un bolso aparentemente pesado colgando del brazo; se apea su hija, con su cara de alien, y alguien exclama: «¡Tamara!». El «yo esas cosas no las veo» queda anegado por móviles con cámara, todos los presentes pegan la cara al cristal del portal en el que han entrado con curiosidad mal disimulada, y la otra, en plan starlette, se da la vuelta, saluda, y se mete en el ascensor con su madre-rottweiler.


  3. Fin de julio (gracias)

    Lo escribí el

    Termino julio con un sabor de boca excepcional: advertía a principios de mes que volvía a El Comercio en plan cafre y que me prodigaría poco por el blog estas semanas, pero al final me he venido arriba y he logrado actualizar todos los días, con más o menos tino.

    Siempre es un placer para mí producir y compartir el resultado, pero más grato aún ha sido descubrir que cuando las ideas no llegan y parece que las palabras no vienen, hay quien sigue leyendo, dando ganas de no parar y de mejorar.

    Mil gracias a todos por hacer de este julio un mes excepcional.


  4. El milagro de la (in)comunicación

    Lo escribí el Jueves 30 de julio de 2009

    Anteanoche pude dejarme sorprender a una hora indecente por una película de 1971, The day of the Jackal. En España se  llamó Chacal, a secas, pero no guarda más parentesco con la película de Bruce Willis que el hecho de que ésta es un mal remake de aquélla.

    Se trata de una historia basada en la novela del mismo título de Frederick Forsyth. La trama es simple y clara: la OAS, esa organización terrorista francesa de los años 60, quiere cargarse a De Gaulle y, para ello, contrata a un asesino profesional e implacable. La gracia está en que, una vez preparado el golpe, el asesino comienza su periplo desde Italia hacia París en coche mientras que un agente trata de pararle los pies: el gato y el ratón, de nuevo, aliñado con el lujo entendido en los años 60.

    La gracia está en que la historia transcurre en 1963, de ahí el título de esta entrada: 20 años después, con móviles a medio cocinar y la capacidad de enviar fotografías en poco tiempo, no habría argumento, y el autor se vería en serios apuros para mantener alejado a su protagonista de las fuerzas del orden —eso por no hablar del encanto de verlos hablar por macroteléfonos desde un coche—. La fuerza del guión reside, en gran medida, en la tensión que se genera en el tiempo transcurrido entre el descubrimiento de pruebas cruciales y el peregrinaje que realizan hasta su punto de destino, para llegar, en la mayoría de los casos, demasiado tarde y dejando al Chacal avanzar un poco más hacia su presa. Este escollo se hace aún más claro en el mencionado remake, que sorteaba estos problemas con más bien poco tino, aprovechando los momentos en los que el cerco se cerraba para montar uno o dos asesinatos, tres explosiones y fuera.

    Y no es ninguna tontería: ¿cuántas trabas ha encontrado Hollywood en los últimos tiempos para redondear esta clase de argumentos? Los fugitivos ya no pueden echar a correr con un grillete y una cadena por Louisiana, robar un coche y escaparse sin más; el mundo ya no funciona así: ahora los guionistas se ven en la obligación de introducir al típico enrollao experto en telecomunicaciones que lleva gafas amarillas y pelopincho para que aquello quede medianamente verosímil; hay que servir al espectador una buena dosis de tecnicismos para que no chirríe.

    Ahora los personajes tienen el Internet ese de las narices, tienen un teléfono a mano constantemente (lo de que no haya cobertura ya no cuela) y, así, sin comerlo ni beberlo, asistimos a un nuevo quebradero de cabeza provocado por las condiciones tecnológicas. ¿Será por eso que tenemos inflación de westerns y películas de época?


  5. Fe de errores

    Lo escribí el Miércoles 29 de julio de 2009

    Ejea de los Caballeros (Zaragoza) es un pueblo de 17.178 habitantes. Su equipo de fútbol es la Sociedad Deportiva Ejea, que juega en Tercera División y en un estadio con capacidad para 3.000 espectadores.

    Imagino al consistorio dando saltos de alegría y abrazándose cuando cierto rotativo de tirada nacional les adjudicaba, en el fragor de la crónica del concierto del domingo de Bruce Springsteen en Bilbao, el recital de fin de gira del de New Jersey, que al parecer ha decidido cambiar el Monte do Gozo por algo más «familiar».

    Un error lo puede cometer cualquiera, pero es que la cosa no acaba ahí: resulta que el domingo la E-Street logró resucitar a su teclista, que falleció en abril del año pasado de cáncer, para la ocasión. Debió de ser memorable. Y para redondear la información, comentando el setlist, encuentro que Luke Perry, el cuasi ario guapete de Sensación de vivir, compuso You never can tell; no fue Chuck Berry, no, que es negro, le saca 40 años y sabe componer canciones, por ejemplo.

    A la 1 de la tarde ya habían tratado de subsanar los errores en la web; no me atrevo a comprar la edición impresa, lo mismo descubro que este viernes actúa Jacko en el Savoy. Y me fastidiaría sobremanera perdérmelo.

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    P.S.: Basado en hechos reales:

    http://www.elpais.com/articulo/cultura/leon/rock/inflama/Bilbao/elpepucul/20090727elpepucul_1/Tes