Crónicas del perroverdismo
Dicen que el mayor riesgo de dedicarse a las letras es, aparte de volverse imbécil, convertirse en un perro verde con el paso del tiempo. Un primer síntoma es emplear latinajos ad hoc y galicismos malgré lui hasta en la lista de la compra.
Claro que eso son minucias al lado, por ejemplo, del movimiento del Oulipo, aquellos perfectos intelectuales franceses que, como tales, se esforzaron en darle un par de vueltas de tuerca a la literatura inventando fórmulas tan ingeniosas como los Ejercicios de estilo de Queneau o La Disparition, la novela que Georges Perec produjo en 1969 sin una sola E.
Tras estos fogonazos de genialidad, el perroverdismo estaba abocado a transformarse o morir: en 2004, Michel Thaler, profesor de la Sorbona, obsequió al mundo con la primera novela sin un solo verbo. 233 páginas de desbarre literario que despertaron una de las más brillantes críticas de todos los tiempos: «La historia es un tostón, no pasa nada en toda la novela». Muy agudo.
Todo esto viene porque la otra noche andaba leyendo un ensayo de Umberto Eco en el que reconoce que, para homenajear uno de sus poemas favoritos, decidió matar la tarde recomponiéndolo al estilo oulipiano. Aparte de usar y de evitar vocales en 10 de las repeticiones, intentó (sin éxito) transformarlo en «panagrama heterogramático», que aunque suene a canibalismo amazónico, no es más que, según explica, reproducir el texto usando cada letra del alfabeto una sola vez.
Un planazo para el sábado noche, oiga.
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