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junio, 2009

  1. Guanchuzrifor

    Lo escribí el Sábado 27 de junio de 2009

    logoculturasEstoy concentrado —en el sentido futbolístico del término — la noche anterior a un examen. Y, no sé si como futbolista también, me dispongo a alternar entre cierto programa musical de la Primera y otro que, no mentiré, es Operación Triunfo.

    Cuando enciendo la televisión, encuentro a un par de jóvenes airados propinándole al Born to run de Bruce Springsteen una coreografía eurovisiva. Ya se sabe: camisa de cuadros a medio sacar del pantalón: 15 euros; mensaje al 5557 con la palabra RUN: 20 euros; Ramoncín lamentando la versión en un emocionante alegato por el rock’n’roll («llevo 30 años viendo a Springsteen en directo»): no tiene precio. Me voy a TVE. Al cantante de Los Diablos parece habérsele caído Un rayo de sol (uoh, oh, oh) encima, con ese moreno nocillesco.

    Vuelta a Telecinco, unos reconfortantes anuncios y el cásting para el musical de Mecano. Una concursante se inquieta: «Me parece muy fuerte que tenga que hacer de chico». Cambio, a la pública. El Koala, King África y un cuerpo de figurantes digno de la playa de Palomares (por lo nuclear y por lo añejo) se apiñan en una esquina del plató, debidamente acondicionada con una palmera hinchable.

    Esto es lo bueno de los exámenes de Traducción, que aparte de pasar la víspera leyendo prensa extranjera, nadie sabe exactamente cómo se estudian. Todos en igualdad de condiciones;  todos menos yo que, con mis técnicas balompédicas, juego con ventaja: el inglés fresco («guanchuzrifor») y Mueve tu cucú en el corazón. Y pobre del que quiera…


  2. Un pequeño 11-S

    Lo escribí el Viernes 26 de junio de 2009

    Ayer estaba, recién llegado a Gijón, tomando algo en cierto bar del centro al que siempre acudo en mis sesiones de lectura. Era ya tarde, la camarera revoloteaba recogiendo y limpiando y cerrando; su amigo, acodado en la barra, se concentraba en el enésimo gin tonic, y yo me bebía, no menos absorto, The informers, de Bret Easton Ellis.

    Me llegó entonces un mensaje, que sólo decía: “Michael Jackson ha muerto”. Yo creí que era una broma, obviamente, pero al mismo tiempo me pareció imposible que alguien se inventara semejante  absurdidad. Cerré el libro y, algo desasosegado, pagué la cuenta y me fui. Les dije a los allí presentes antes de salir: “Me han dejado un dato curioso: murió Michael Jackson”. Los dos se me quedaron mirando.

    El tipo, borracho de ginebra, no supo cómo reaccionar y balbuceó algo como que “Calla ho, que eso ye mentira.” La camarera se rió y opinó que no podía ser. “Michael Jackson no puede morir”.

    A mí cada vez me parecía más verosímil, más real, hasta que llegué a casa, encendí el ordenador e Internet explotó ante mis ojos. Toda la portada de Facebook eran comentarios al respecto; en Google ya había indexadas 688 noticias de periódico, y todas, absolutamente todas las redes sociales, como ya han atestiguado otros bloggers, quedaron colapsadas.

    Y es que en aquel bar, anoche, mientras compartía con el parroquiano y la camarera semejante información, se me aceleró el pulso, noté mis nervios momentáneos y tuve la sensación de que se había producido un pequeño sismo, un 11-S en miniatura, uno de esos días que no se olvidan y que luego contaremos a los nietos. “Recuerdo el día en que murió Michael Jackson”.

    Y claro, imaginad cuando, superado el impacto inicial,  me entero de que Farrah Fawcett también murió ayer.  No somos nada.


  3. Las frases de Cortázar

    Lo escribí el Jueves 25 de junio de 2009

    Leyendo Rayuela, me asalta varias veces la duda existencial de por qué gusta tanto y a tanta gente. ¿Por qué un libro que no es fácil de leer ni de seguir reúne incondicionales?

    Tengo la teoría de que es por el lenguaje creado y utilizado por Cortázar. Es un proceso similar al de los monologuistas: tiran tantas bromas que alguna te tiene que alcanzar.

    Pues a mí el argentino-parisino por excelencia me tiene agarrado con esta, que luce brillante en mi tablón:

    —Lo mejor va a ser dejarla para mañana—contemporizó Oliveira, enderezándose sobre un codo para encender un Gauloise—.

    “Contemporizar” como verbo en un diálogo… Magnífico.


  4. The New Yorker, talibanes y demás

    Lo escribí el Miércoles 24 de junio de 2009

    El frente macarra de The New Yorker, esto es, sus dibujantes y viñetistas, ya se han ganado un par de grupos en Facebook que les desean de todo menos prosperidad y felicidad en la vida, tras haber ironizado en una portada con el presidente Obama disfrazado de talibán:

    Obama Cover Taliban

    Ahora vuelven a la carga, quizás con algo más de tacto, reinventando un par de publicaciones estadounidenses al estilo del viejo oeste. Pincha encima de la foto para visitar la galería completa:

     
    The ayatollahist


  5. Un cirque passe

    Lo escribí el Lunes 22 de junio de 2009

    Un cirque passeUn cirque passe

    Patrick Modiano

    Gallimard, París, 1992

    Modiano forma parte de un grupo de escritores franceses que tienen poca repercusión a este lado de los Pirineos pero que, a priori, no deberían tener ningún problema para venderse bien. No me voy a poner ahora a investigar las causas del éxito o del fracaso de las letras francesas, pero desde luego es un hecho peculiar, visto lo visto en esta novela.

    Lo digo porque se trata de un libro de ficción de los que despiertan sesudísimos estudios literarios pero que, al mismo tiempo, se leen en dos días: apenas cuenta 150 páginas de letra gruesa y manejable, con una historia sencilla de seguir y con sus recovecos literarios bien ocultos, para que lleguen los críticos y los desentierren mientras que el resto de los mortales pasan, de puntillas, por una agradable lectura de hamaca y sombra.

    La trama es, de hecho, tan sencilla, que de no haber sido filtrada por el tamiz de una escritura singular y talentosa quedaría olvidada rápidamente; se trata de un estilo breve, periodístico, que aparentemente sólo quiere dar cuenta de una serie de acontecimientos de manera desapasionada y fría. Ahí está el truco de Modiano, que todo es tan aséptico que cuando se deja llevar por un ramalazo lírico en esta o aquella descripción, cuando nos habla de sentimientos, se ha ganado hasta tal punto nuestra confianza de lectores que asumimos como cierto lo que está contando, y la novela cobra vida propia.

    Por otra parte, la obra cuenta con un sutil juego en la macroestructura que le confiere un volumen infrecuente y único. Los acontecimientos son cronológicos pero a veces tropiezan los unos con los otros; los flashbacks no están prohibidos pero tampoco intervienen abiertamente, se integran en el relato; las ensoñaciones no se confunden con la realidad pero la impregnan de cuando en cuando…

    Y para atarlo todo, resulta que el autor no teme a la repetición de una misma palabra varias veces en un solo párrafo, tampoco considera arriesgado revelarnos datos sobre determinado personaje en un momento que quizás no sea el más adecuado: todo son migajas que nos hacen entrever una concepción urgente de la novela, es decir, la incertidumbre, compartida con el lector, sobre lo que sucederá a continuación.

    Rápido, fugaz y efectivo: lo que tiene que ser un libro de verano.