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mayo, 2009

  1. Las barbas del vecino

    Lo escribí el Martes 19 de mayo de 2009

    Entre los muchos fenómenos provocados por las nuevas tecnologías, hay uno que justifica sobradamente la afirmación de que Internet democratiza: la globalización informativa conlleva el acceso de todo el mundo a todo, y con ello la creación de mercados profesionales donde nadie, jamás, esperaría que florecieran.

    El ejemplo de los blogs y de los periódicos es el más notorio, pero quiero empezar por otro que conozco algo mejor y del que quizás se hable menos: el mundillo de los traductores pirata.

    Se trata de una práctica tremendamente frecuente en el ámbito friki de las series, y que ha generado un mecanismo tan rápido y eficiente que casi asusta: se emite el último capítulo de Lost o de Prison Break o de la serie de turno en Estados Unidos; los de aquel país lo graban durante su emisión y menos de una hora después de su final, está colgado en la Red. Entonces los de este lado del charco (o de Sudamérica: se dice, se comenta que en Argentina son muchos los traductores que se “regalan”) se lo descargan inmediatamente, lo despiezan en varios segmentos y se lo reparten. Comienza la traducción, que estará acabada la misma noche y el capítulo, disponible para todo aquel que no entienda inglés y quiera disfrutarlo. En la comunidad de la traducción profesional existe una gran polémica con todo este tema: hay quien defiende que habría que meterlos a todos en la cárcel; quien considera que son unos héroes; quien no les tiene miedo por la teórica escasa calidad de su trabajo; y quien defiende esta última postura con la boquita piñonera.

    No entraré en valoraciones personales porque sería alejarse demasiado del tema central, baste observar que, en cualquier caso, la aparición de los traductores altruistas, piratas o como se les quiera llamar ha supuesto un importante terremoto en el mundo de la producción audiovisual. El público ya no considera de recibo esperar dos años a que su serie preferida se emita en España, ya no está dispuesto a comprar una caja con los DVD de una temporada completa. Claro que, en su mayoría, da por buena una traducción que puede no serlo, y está dispuesto a consumir un producto de inferior calidad (imagen, sonido: eso es innegable) por el mero hecho de ver el ansiado capítulo ya mismo. En cualquier caso, han cambiado las tornas.

    Pues en el periodismo actual se da exactamente lo mismo. Me di cuenta leyendo las palabras de Pedro J. en Navarra el pasado viernes, cuando decía que “un bloguero no es un periodista por contar cosas”. Y un traductor pirata, ¿no se convierte en traductor por traducir cosas? He aquí el problema, la dificultad de definir qué distingue a un intruso de un profesional: la titulitis. La vía fácil es afirmar que lo que hace a un periodista (o a un traductor) es el haber estudiado una carrera, que es el mensaje de fondo de ese discurso del terror, el de los profesionales que temen (con razón) quedarse sin empleo por culpa de la gente que regala su trabajo o que cobra menos por él. O quienes sostienen (como intuyo que hacía Pedro J.) que se trata de una cuestión de análisis, de encontrar caras de la noticia. Da igual la excusa elegida, ya es hora de abrir los ojos: un tipo de Albacete que lleve toda su vida apasionado por la política estadounidense podrá competir con cualquier analista del USA Today. Digo.

    La otra dificultad es asumir que nuestro albaceteño es capaz de producir algo que quizás tenga peor calidad, a ojos de un experto, pero que venda 10 veces más: dinero contra calidad. Qué combinación más peligrosa. Peligrosa porque cuando la (supuesta, que hay mucho jeta) profesionalidad es inversamente proporcional al dinero generado lo fácil, de nuevo, es invocar al Estado y pedir una ley, una ayuda, o un algo que remedie la situación. Puede colocarse este parche, pero la cuestión de fondo perdurará: el público prefiere menos calidad; o le da igual. Eso es lo que hay que subsanar.


  2. El guardián entre el centeno… 2

    Lo escribí el Domingo 17 de mayo de 2009

    Hace cosa de un mes reseñé en mi blog la fantástica lectura que supuso El guardián entre el centeno, con sus claroscuros y esa cadencia tan particular que le confería el haber sido concebida como una suerte de serial para la prensa, y cómo se transformó en una obra escandalosmente polémica a raíz de su contenido y su continente.

    Tras escribir aquella reseña pasé algunos días obcecado con lo que rodeó al libro: revisando la famosa traducción muy por encima, buscando algo de información sobre el disparatado número de leyendas urbanas y rumores que rodean al libro y, finalmente, tratando de averiguar qué fue de J.D. Salinger.

    Según cuentan por ahí, el bueno de Salinger huyó del mundo años después de la publicación de esta obra, y nunca permitió que se llevara al cine o al teatro por diversos motivos, entre los cuales se comenta que se encontraba su obsesión por interpretar a Holden Caulfield. No quiero ahondar mucho más en este tema porque no poseo suficientes datos —ya habrá tiempo, ya—, pero basta aportar estos trazos para darse cuenta de que, en el caso de este libro, tanto importa la obra en sí como todo lo que la rodea.

    Pues bien, dejé mi ejemplar encima de la estantería de los libros leídos y me puse a otra cosa, cuando, oh sorpresa, Holden Caulfield volvió a cruzarse en mi camino el otro día, inesperadamente, dentro de una noticia publicada por el diario británico The Guardian.

    Resulta que un pollo de origen sueco llamado John David California ha decidido en su primera novela retomar la historia de Caulfield 60 años después. No se avanza demasiado del argumento, lo suficiente como para levantar polémicas y atraer lectores: que en esta ocasión Caulfield se escapa del asilo en el que languidece y que J.D. Salinger aparece como personaje. Ah, y que el libro va dedicado al propio Salinger (“Al más increíble mentiroso que jamás se haya visto”).

    Luego California explica que lo hace porque siempre quiso saber cómo seguía la historia, y por rendir homenaje a estos dos iconos (Caulfield y Salinger) de la literatura norteamericana. Es cierto que si por Salinger fuera el universo engendrado por la producción y reproducción de su obra habría quedado congelado en el año 1950, y no se habría investigado nada sobre su libro y su vida. Pero de ahí a escribir la segunda parte de su obra maestra hay un trecho, y si encima Caulfield se escapa de un geriátrico, no me queda sino suponer que no terminará la novela rodeado por su familia, sino envasado en un cálido cajón de pino (aunque esta es una conjetura absolutamente gratuita).

    La premisa no es en absoluto mala, y probablemente si fuera Salinger el autor del libro a nadie le cabría duda alguna de que el resultado bien sería interesante, bien sería un intento desesperado por sacar dinero; pero ese morbo por saber qué habrá sido del autor ermitaño en este tiempo y si habrá escrito por convicción o por deudas queda solapado, ahora, por la curiosidad que despierta el grado de dureza del rostro de John David California: ¿escribe por convicción o por forrarse descaradamente?

    Uno, sin haber leído el libro y volviendo a conjeturar osadamente, presupone más bien que tiene un morro de proporciones épicas: si el leit motiv de su primera novela es el homenaje al personaje y al autor ¿por qué razón no puede crear una historia paralela, como se ha hecho toda la vida, o escribir un ensayo? ¿Por qué no puede conjeturar definiéndose como narrador y voz cantante y no como impostor a cara descubierta?

    Se podría llenar una biblioteca con los experimentos de este tipo que se han ido haciendo con Sherlock Holmes, y aunque algunos son auténticas aberraciones de la literatura, otros resultan perfectamente elegantes y aportan lo que deben aportar en calidad de tributos: un complemento periférico a los textos originales que permita al lector ampliar ese mundo de ficción.

    Ahora bien, la estrategia del homenaje se transforma aquí en excusa, cuando lo que hace California es tomar la estructura argumental y el personaje protagonista (o eso afirma) y darle una nueva vuelta de tuerca. Y más sospechoso es que esos ingredientes precocinados han ido empapando muchas historias desde que Salinger concibiera El guardián entre el centeno, y no es necesariamente obligatorio remontarse a los orígenes, con nombres y apellidos, para continuar la historia: no creo que si a alguien le da por escribir una historia de amor prohibido tenga que llamar a sus protagonistas Romeo y Julieta.

    Espero con ansiedad la oportunidad de leerlo, y de saber si el señor California cuenta con su propio guardián que le sujete cuando se dirija, ciego, hacia el precipicio, o si por el contrario la legión de seguidores de Salinger nos uniremos en un movimiento coordinado para empujarle con convicción.

    En cualquier caso, hace falta valor.


  3. De demonios yanquis y derechos de autor

    Lo escribí el Viernes 15 de mayo de 2009

    Con la tranquilidad de un viernes festivo, el diario Público incluye un detalladísimo artículo sobre el ya famoso informe de la IIPA, la Alianza Internacional para la Propiedad Intelectual (a.k.a. “los americanos”), que pone a caldo a nuestro gobierno por su enorme ineficacia a la hora de frenar la descarga ilegal, etc.

    Lo primero que trasluce el artículo es la dificultad ibérica para entender el concepto de “lobby”, que tan arraigado está en Estados Unidos y que tiene una importancia capital en el buen funcionamiento de la maquinaria democrática de aquel país. No el lobby entendido como herramienta chusca para chantajear a congresistas con escándalos sexuales, no, sino como un grupo de personas que, desde su posición de comunidad o de asociación defienden sus intereses; un conjunto que recomienda, asesora y trata de que ser escuchado reuniéndose con representantes electos en Washington, organizando think tanks y grupos de presión; actuando, en definitiva, en los despachos, que es donde, en mi opinión, se ganan estas guerras.

    Esto significa que el poder real y efectivo de la Alianza no es mayor que el de cualquier comunidad de vecinos, y que aunque desembarque en nuestro país con un nombre tan pomposo y un informe tan serio, no depende sino del gobierno de España que se adopten sus propuestas y se acepten sus opiniones.

    El informe parte de una idea que ya se ha convertido en tópica: que la piratería es mala; luego, dedica un pescozón a nuestro gobierno por su ineficacia legislativo-ejecutivo-judicial para frenar esta situación. Y aunque se trata de un estudio muy bien documentado, el núcleo del problema queda fuera de su alcance: la SGAE como encarnación del cutrismo hispánico más arraigado, esas figuras casposas capaces de ganarse el odio de toda una sociedad consumidora de cultura por el mero hecho de defender sus jubilaciones en Torrevieja.

    Lo que necesitamos no es una caza de brujas amparada por la ley, lo que necesitamos no es que nos expliquen qué está bien y qué está mal: lo único que nos hace falta es una industria del entretenimiento lo suficientemente dinámica y competente como para ofrecernos los avances que la tecnología ha puesto a nuestro alcance y olvidarse de las preocupaciones mezquinas de dos o tres viejas glorias. Es decir, no necesitamos que se inviertan nuestros impuestos en convencernos de que bajarse una película equivale a robar un coche; no necesitamos que se tiren horas y horas de nuestros ahorros en reuniones eternas para determinar si un quinceañero de Villaconejo de Abajo es un terrorista en potencia; necesitamos que se fomenten prácticas como poner a disposición de los internautas los contenidos íntegros de la televisión para su posterior disfrute; que se prime la iniciativa de un músico de ofrecer gratuitamente su trabajo y luego ganar dinero en una gira. Que se busquen medidas, de esta forma, que beneficien a todo el mundo aprovechando las posibilidades que, en 2009, nos brindan las nuevas tecnologías.

    Cada día son más los españoles que piensan de esta manera, y alegra ver que una convicción tan sana (que no co-mu-nis-ta, como decía Bau-tis-ta en una en-tre-vis-ta) cuenta el soporte social necesario para impulsar un cambio en la concepción y consumo de cultura que no es ya una opción, sino una necesidad: somos muchos los ciudadanos que estamos más que dispuestos a pagar por la cultura de este país y deseosos por hacerlo, lo cual nos exculpa de los cargos de comunistas, y que no obstante prescindimos de dejarnos los cuartos por el simple hecho de no pagar a quien no le estamos comprando nada. Pero ¿qué falta, pues, para que este cambio se ponga en marcha de una vez?

    Paradójicamente, la carencia más urgente de los consumidores de cultura en España es un grupo de personas bien organizado, con argumentos sólidos y alguna que otra aptitud política, que pueda asesorar y convencer a la administración sobre las fronteras legales en esta cuestión; un conjunto de ciudadanos que despierte un debate real y de fondo sobre el problema; unas voces que (¡sólo por una vez!) aparquen ideologías y se sobrepongan a los caducos esteretotipos políticos (izquierda, derecha); un grupo de seres racionales que encarne las ideas, ya maduras y bien definidas, que exponía un poco más arriba: esto es, un “lobby”. Lo habéis adivinado: como el del demonio yanqui.


  4. Sacar la basura

    Lo escribí el Miércoles 13 de mayo de 2009

    Anoche Buenafuente entrevistó a Julio Salinas, y estuvo bromeando con él, entre otras cosas, sobre un vídeo titulado El delantero más malo de todos los tiempos. Salinas, después de la sucesión de cantadas futbolísticas, se puso medianamente serio y soltó una verdad como una casa: “En este país siempre nos acordamos primero de lo malo.” Buenafuente se quedó pensativo por un momento, y el ex futbolista planteó entonces una serie de ejemplos, dirigiéndose al público:

    — ¿Por qué nos acordamos de Arconada?
    — Por la cantada del 84— respondieron a coro.
    —¿Y de Carlos Sáinz?
    —“Carlos, trata de arrancarlo”— clamaron.
    —¿Y de Induráin?

    Así siguieron un buen rato, y yo no pude evitar preguntarme por qué será tan cierta esta teoría, por qué hemos convertido ese morbo que despierta el error ajeno en una religión pura y dura: como decía, bastaba abrir los periódicos de hoy para darse cuenta.

    La final del Athletic-Barça viene envuelta en una aureola de terrorismo futbolístico propiciada por la final de hace 25 años, casualmente la última que ha ganado el Athletic. Basta rebuscar mínimamente en YouTube para encontrar este vídeo de Maradona repartiendo, con la música del Mortal Kombat de fondo: 57.000 visionados y toda una ristra de vídeos relacionados.

    En El País dedican dos páginas enteras a Antonio Vega, indiscutible musicazo que recibe el consabido cocktail necrológico de sentimientos amargos y revisión de su carrera artística aderezado, como no podía ser de otra manera, con lo que todos esperábamos (¿y deseábamos?) oír: qué caña se metía, cuánta heroína en el cuerpo, no sé cómo aguantó tanto tiempo.

    Y qué decir del enfrentamiento político (no lo digo yo: cualquier periódico de tirada nacional sustantiva “cara a cara” o “duelo” y apostilla “agrio”, “amargo”, “violento”) de la jornada: Zapatero vs. Rajoy, vencedores y vencidos, el morbo de las réplicas más impertinentes en bandeja. El mismo engranaje que mueve la apisonadora Operación Triunfo (un Risto Mejide) mueve el interés ciudadano por el debate. Luego no, luego la crispación es detestable y todos lamentamos que nuestros políticos no se lleven bien y arreglen la crisis. Pero mientras, pan y circo.

    Los programas de vídeos caseros de niños chinos dándose cabezazos contra una mesa jamás dejarán de tener audiencia, y esos realities que tanto odiamos, esos programas tan deleznables en los que se abren las tripas de los concursantes y se sirven al respetable con un poquito de caspa no son sólo una apuesta segura, sino un síntoma exagerado, una manifestación que todos vemos con claridad, de un rasgo tremendamente arraigado en nuestra sociedad y que no resulta necesariamente evidente: el interés por lo oscuro, por lo menos bueno de la gente.

    La basura que nos rodea nos atrae como a las moscas, cuesta resistir la tentación de echar un vistacito por la cerradura de la imperfección, aunque sólo sea para darnos cuenta de que ese famoso tan pluscuamperfecto en el fondo no lo es tanto; para odiar a algún político, periodista, comentarista, fantoche o caradura cuya ideología es del signo contrario a la nuestra (me encanta esa frase); para conocer lo que nadie más conoce y sentirnos más sabios; para odiar por envidia ciega e irracional; o, sencillamente, para tapar con la basura ajena la propia (“No, si es que llevarse dinero del Ayuntamiento siempre se hizo, lo hace todo el mundo.”).

    Esto no pretende ser un pescozón, ni siquiera una crítica: me descubro a mí y a todos mis compañeros de viaje en el metro mirando con atención sibilina la silueta renqueante y apagada del creador de La chica de ayer en una foto junto a su esquela, buscando las cicatrices que una vida de excesos había dejado en él.

    Luego ya vendrán las mitificaciones y beatificaciones; ahora lo que importa es la foto del ataúd, las causas de la muerte. Con Zapatero y Rajoy igual: ya veremos dentro de 20 años algún programa nostálgico en la tele que nos conceda distancia y sentido común para opinar (si procediera o procediese); ahora lo importante es ensimismarse en lo que no han hecho y en lo que han hecho mal, en quién tiene la lengua más viperina y los machos más grandes.

    Menos mal que esta noche, como en las grandes ocasiones, podremos descalzarnos y reunirnos en torno a la televisión para disfrutar de un buen partido y de una cervecita fría. ¿A que sí?


  5. Hayssed Dixie (en directo)

    Lo escribí el Domingo 10 de mayo de 2009

    Cuando faltaban 10 minutos para el principio del concierto Barley Scotch, vocalista del grupo, aún asomaba la cabecilla con nerviosismo entre las cortinas de la sala Caracol, mientras que Don Wayne Reno, el del banjo, vendía camisetas y sorbía cerveza despreocupadamente: apenas había 20 ó 30 personas dispersas por el local.

    Pero cinco minutos después, cuando el grupo ya se estaba preparando para salir, se produjo el milagro: de pronto, la sala se llenó a rebosar y, con los primeros acordes, ninguno de los cuatro de Tennessee logró contener una sonrisa cómplice, como si ya hubieran ganado la mitad del partido.

    Para quien no los conozca, el concepto de Hayseed Dixie es bien sencillo y eficaz: trasponer canciones míticas del rock al hillbilly y al bluegrass, esto es, música tradicional basada en una formación de bajo acústico y banjo acompañados por guitarra y mandolina o violín, según el tema. Efectivamente, sin batería. Eso por el lado musical: por el escénico, baste señalar que la imagen de su página web son ellos cuatro, con cara de rednecks, apuntando sus armas a la cámara, y que la historia de la génesis del grupo —siempre según la web— parte de que vivían en los Apalaches tocando canciones tradicionales cuando un forastero se estrelló con el coche en la zona y murió, y los cuatro encontraron, debajo del asiento del conductor, unas cintas de AC/DC que no tuvieron más remedio que adaptar con lo que había a mano: banjo, mandolina, violín, guitarra y bajo.

    Desde su primer petardazo en 2001, aquel disco de versiones de AC/DC, han ido dando buena cuenta, con mucho humor y enorme destreza técnica, de canciones memorables que uno jamás se esperaría que sonaran así de bien: desde el Holiday de Green Day hasta Ace of Spades, pasando por I don’t feel like dancing. Incluso se han atrevido, recientemente, a lanzar un disco de canciones propias, en el que las letras, como no podía ser de otra manera, se dejan empapar por la socarronería rural que da sentido al grupo.

    Pero para que un proyecto así no se quede en reuniones de amigotes los viernes por la noche hace falta algo de seriedad y de dedicación, que es donde estos grupos más bien “de broma” tropiezan; Hayseed Dixie salva el obstáculo con nota. En la hora y media que estuvieron tocando no cometieron un solo error, ni una sola salida de tono o tempo (al menos perceptible: ahí está la genialidad) y ofrecieron un espectáculo medido al milímetro, desde los chistes hasta los solos, sin caer no obstante en lo estudiado o soso. Se entregaron en cuerpo y alma, tratando de superar con cada intervención la anterior, aunque siempre alerta, para que el entusiasmo no barriera la maestría técnica que llevaban demostrando todo el concierto.

    Al principio sólo un par de exaltados se atrevieron a saltar y a bailar, pero a medida que iban cayendo canciones la gente se iba caldeando, el grupo logró leerlo y explotarlo. Se esforzaron por ir ganándonos, Scotch se disculpó por no hablar español, hizo algunos chistes… y llegó el momento de la verdad. “The banjo test”, anunció. “Reverend” Don Wayne Reno, con su banjo y sonrisa perenne, con su gorra hacia atrás y unas Reebook blancas; “Deacon” Dale Reno, con su aspecto de Bon Jovi en miniatura y unos dedos que hacían lo que querían con la mandolina; Barley Scotch con su peto y su camiseta imposible, y su voz que no falló ni un segundo; y Jake “Bakesnake” Byers, el tipo del bajo, se colocaron en formación.

    Lo que siguió fue una pieza instrumental trufada de solos, a una velocidad tal que ni siquiera los de las primeras filas lograban seguir el ritmo con las palmas. Fueron tirándonos perlas; luego empezaron las acrobacias: yo rasgo las cuerdas, tú pones las notas, ahora los tres, ahora los cuatro. Ahí acabaron, amontonados, tocando todos su propio instrumento y otro más, mientras que el público enloquecía definitivamente.

    Finalmente el teatrillo de los bises: llegaron, saludaron, y dispararon Dueling banjos, coescrita por el padre de los hermanos Reno. Después Daddy Sang Bass, y a la cama. Nos quedamos de piedra cuando, apenas 3 minutos más tarde, salieron del backastage para cumplir su promesa: departir con el público y, ya de paso, ganarnos definitivamente.

    No negaron un solo autógrafo o foto, a pesar de haber tocado en Barcelona la noche anterior y de haberse levantado a las siete de la mañana para llegar a Madrid; Barley Scotch fue dando un fuerte apretón de manos o un abrazo a todo aquel que se cruzaba en su camino, “Thanks for comin’ out”, y el padre de Jake Byers, el bajista, revoloteaba entre el público con sus 64 añazos y un vasito de Coca-Cola, entusiasmado por la acogida: “No sabíamos qué esperar y esto nos ha sorprendido mucho, mucho.”

    Todavía tuvieron fuerzas para hablar con quien se les quisiera acercar, y cuando por fin nos echaron del sitio, ninguno de los cuatro se esforzó por disimular la alegría y las ganas de volver. Y no es para menos: un público que en su mayoría no sabe inglés recitando las letras de memoria, jaleando, saltando y aplaudiendo como el que más; un público variopinto y curioso, una masa heterogénea de personas que los Hayseed Dixie lograron homogeneizar y unir como a una sola voz.

    Basta de rajar, pasemos a la acción. Os dejo un par de vídeos: el primero es Dueling Banjos en algún directo que he encontrado. El sonido no vale nada, pero os podéis hacer una idea de cómo se las gastan. Por favor, paciencia y esperad a que entre en escena Dale Reno con su mandolina.

    Y aquí, el videoclip de Ace of Spades. Simplemente brutal: