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abril, 2009

  1. The Catcher in the Rye

    Lo escribí el Lunes 27 de abril de 2009


    The Catcher in the Rye

    J.D. Salinger

    Londres, Penguin Books

    1951 (texto original publicado en 1945-1946)

    Esta es una de esas lecturas de las que uno oye hablar hasta el aburrimiento en todas partes, pero en torno a las cuales pesa la más opaca ignorancia: todo el mundo opina, comenta, cita, dice, pero, quizás por casualidad o por pura suerte, nunca había oído de qué trataba o en qué momento había sido escrita.

    En realidad, el concepto es de lo más simple: una suerte de diario en el que un adolescente, Holden Caulfield, va contando lo que le sucede en el fin de semana que transcurre desde que decide adelantar sus vacaciones de Navidad en el centro en el que estudia, y del que le acaban de expulsar, hasta el último episodio, el 26, que en tan sólo una página pone fin a sus andanzas.

    Y tampoco es que la estructura sea lo más trabajado: Salinger la concibió como un serial y se ciñe absolutamente al orden cronológico, sirviéndose de las digresiones de Caulfield para tocar otros temas y escenarios y retratárnoslo, volviendo al cauce de la narración con una de las variadas muletillas del personaje: “Anyway”. Constantemente “Anyway”.

    Aquí se encuentra la primera pirueta del autor: no sólo meterse en la piel de un adolescente, sino hacerlo con tanta convicción y vividez que a uno le cuesta creer que el texto date de 1945. Parece una especie de Bret Easton Ellis primigenio, que no se corta un pelo a la hora de decir lo que se le pasa por la cabeza, sin contemplaciones y sin complejo alguno, impregnando toda la historia con esos aires de niñato insoportable que, en el fondo, cautiva.

    Porque se trata de una primera persona con todas las consecuencias: la historia no tiene un principio y un final claros, ni desde el punto de vista emocional ni desde el literario, sino que nos asomamos a una ventana que se abre por un espacio de tiempo determinado, como si estuviéramos comprándole a Caulfield una de esas copas que en ningún bar le quieren servir y charlando con él en la barra de un piojoso local del Nueva York chusco. Salinger logra incluso superar la tentación de convertir la obra en un rito iniciático de paso a la vida adulta en sí mismo, renuncia a sobreponer el fondo de la trama sobre los hechos en sí mismos, que son los que enganchan verdaderamente al lector quien, al pasar la última página, se descubre como voyeur accidental.

    Una vez terminada la lectura, ya vienen las reflexiones profundas sobre el ser humano y la vida adulta y todas esas cosas, pero mientras tanto, estamos demasiado ocupados atendiendo a los saltos y altibajos tanto de la manera en que narra el protagonista como de su ánimo y su actitud, estamos absortos observando progresar el libro, fraguarse en directo.

    Da la sensación de que este efecto, que tanta vida le da al texto, no es tanto una virguería técnica del autor como una cierta dejadez a la hora de darle coherencia a la obra, como si él también se hubiera quedado embobado viendo desfilar los acontecimientos. Parece que alguien ha bajado la guardia y nos está mostrando su interior, pero por momentos no sabemos quién es: quizás Caulfield, quizás Salinger o quizás toda una generación de norteamericanos. Ni idea.

    Eso es lo más grandioso de los libros humildes, de estas obras que esconden honduras y entresijos pero que no se pierden en divagaciones pseudofilosóficas: lo único que contiene son hechos, acontecimientos, pensamientos de lo más burdo y banal (la chica esa… no os voy a engañar, la chica esa está buena), y somos nosotros, los lectores, los que tenemos la libertad absoluta de rebuscar lo que nos plazca. Baste el pasaje que da título al libro, un mortal hacia atrás literario engarzado con una elegancia de las de quitarse el sombrero.

    Como último apunte, quiero mencionar el curioso efecto que esta obra ha tenido en los lectores españoles. Mientras que lo leía, iba preguntando a la gente a la que conozco qué les había parecido, y la mitad afirmaba haberlo adorado y la otra mitad lo aborrecía. Caramba, tampoco es que sea un libro como Rayuela, de esos que o te enganchan o te dan ganas de abandonarlo al tercer párrafo. Ni siquiera es denso.

    Pues bien, el secreto reside en la traducción, firmada por Carmen Criado allá por 1978 y revisada por ella misma (aunque no he consultado esta versión) hace aproximadamente un año. Y es que es uno de los textos más complicados de traducir que he leído jamás, dada la enormísima cantidad de frases hechas que el protagonista emplea a modo de muletillas, que no cuentan con equivalentes demasiado claros en español y que, en consecuencia, complican hasta extremos insospechados la tarea de verter el texto en nuestra lengua. El resultado es ciertamente poco afortunado y, de esta forma, una obra clave del siglo XX se mueve, en España, entre el desconocimiento y la indiferencia.

    Curioso pero cierto, como todo en El guardián entre el centeno: poned “conspiración guardián entre el centeno” en Google y maravillaos con lo ociosa que está la gente.


  2. Chroniques italiennes

    Lo escribí el Viernes 17 de abril de 2009

    Chroniques italiennes (Édition de Dominique Fernandez)

    Stendhal

    Paris, Éditions Gallimard (Folio classique)

    Establecimiento del texto: 1952; notas: 1976

    373 pp.

    Aquello de que en el siglo XIX no se hubieran inventado las distracciones con las que contamos hoy en día —la Wii, las series de Antena 3, las películas de Stallone— provocaba, sin duda, un gran aburrimiento. Para remediarlo, unos se dedicaban a la vida pecaminosa, a coleccionar amantes hasta caer fulminados por una enfermedad venérea; otros alternaban en los bailes y las recepciones o las lúgubres tabernas; y algunos disfrutaban de la literatura, de la lectura y de otros placeres.

    Leyendo a autores como Stendhal o Flaubert, y dejando de lado consideraciones eruditas y filológicas, uno se da cuenta de que ese aburrimiento extremo y la consiguiente necesidad de matar el rato dieron lugar al nacimiento de una relación con los libros que aún hoy resulta deliciosa: no se compraban únicamente para absorber la historia en ellos contenida, con la urgencia de recorrerlos en apenas una semana. Rojo y Negro o Madame Bovary, por encima de todas sus capas, niveles y virtudes, presentan la admirable característica de requerir al lector, ante todo, que disfrute del mero hecho de sentarse con el libro entre las manos.

    Uno puede abrir cualquier capítulo y no enterarse de por dónde transcurre el argumento o de quiénes son los personajes, pero disfrutará de un estilo cuidado en cada línea, de unas descripciones tan trabajadas que transportan, y asistirá a unos diálogos que, más allá de la gracia que hoy en día nos pueda hacer el lenguaje, embelesan por su pulso y su tono.

    Sospecho que el nacimiento de esta escritura radica únicamente en el aburrimiento al que me refería y en la imposición de practicar una escritura “analógica”: ¿Quién hoy, en la era de los blogs, se molestaría en releer cinco veces su texto? ¿Quién se molestaría en pensar dos veces lo que va a escribir cuando sólo tiene que dejar que sus dedos vuelen mecánicamente sobre un teclado? Probablemente muchos menos de los que lo hicieron entonces.

    Víctima de ese aburrimiento mortal y presa ya de los encantos de Italia era Stendhal cuando, en 1833, se encontraba en Civitavecchia (Roma) como cónsul francés. Entonces cayó en sus manos una (generosa) recopilación de relatos renacentistas, que narraban hechos acaecidos en aquel país —asesinatos, cuernos, enfrentamientos, pasión italiana—, proporcionando así al emocionado observador jugosísimo material de 200, 300 años de antigüedad.

    Con su enorme gusto por lo histórico, se dispone a escarbar en los textos, comienza su traducción y, como señala Dominique Fernandez en la edición de Folio, se entusiasma tanto con el trabajo que se deja llevar por ellos, empieza a comentarlos, a editarlos, a reescribirlos incluso, confundiéndose con el narrador original o suplantándole directamente.

    Y es que este es el primer aviso de un mensaje que es esencial tener en cuenta: en el fondo, poco importan la Historia (con mayúscula) y la historia (con minúsucula): es el carácter de los italianos, su naturaleza más profunda y sus manifestaciones más terrenales las que realmente interesan a su espíritu explorador; las descripciones, en las que se eterniza, son las que pesan, y no duda a la hora de suprimir fragmentos enteros del original, o diálogos, alegando en un par de líneas que su contenido no agradaría al lector contemporáneo y quitándoselos de en medio con un resumen de una frase de extensión.

    El resultado es, de nuevo, una lectura que no requiere tanta atención a los progresos de la trama como una inmersión en su mundo: uno no retiene de Tant de faveur tue los caracoleos del culebrón que organizan las habitantes del convento, sino el nido de libertinaje y descontrol que es aquello. Llega el segundo aviso al lector de que se preocupe sólo de lo que se tiene que preocupar: encontramos pasajes de nuestro libro (no de los originales italianos) mutilados o inacabados, y lo primero que nos asalta es el fastidio que supone no saber cómo termina la historia. Pero, poco a poco, acabamos por darnos cuenta de que lamentar el rigor editorial que ha mantenido los textos tal cual los dejó Stendhal no tiene sentido alguno, que debemos dejarnos guiar hacia vericuetos más locales, más detallistas, donde realmente reside la grandeza de la obra.

    Si logramos, en definitiva, desprendernos del vértigo que provoca el francés decomonónico y si dejamos de ser esclavos de la tiranía del argumento, lograremos el mismo efecto de cualquier novela concebida al estilo de hoy en día: sentarnos en el rincón preferido, descalzarnos y disponernos a disfrutar, durante horas que pasan solas, de una visita a a otro tiempo y a otro lugar.


  3. Estrellas de las que ya no quedan

    Lo escribí el Jueves 16 de abril de 2009

    El otro día, mientras cenaba, vi a Hugh Jackman de visita en El Hormiguero. Llevaban semanas, años quizás, publicitando la presencia de Lobezno en el programa, y ahora se encargarán de repetirla a trocitos hasta el sábado, día en que la reponen entera. No sé hasta qué punto lograrían incrementar la audiencia (competir con el fútbol no es cosa fácil), pero sí consiguieron retener al bueno de Jackman durante un buen rato.

    Y es que ser invitado de El Hormiguero no es fácil. Para quien no esté familiarizado con la mecánica, permitidme ilustraros brevemente. El proceso consta de 4 fases:

    1. Preparación del terreno: Pablo Motos entrevista al personaje en cuestión y suelta un par de chascarrillos.
    2. Comienza el surrealismo: emergen dos pelochos de la mesa y empieza a hacer chistes al invitado, algo menos “familiares”, visto que quienes le ponen voz se ocultan en algún rincón del plató y no hay forma humana de que les puedan pegar.
    3. “Cuando volvamos de publicidad”: Culo o codo, el juego del verano. Se muestra una foto enviada por los telespectadores de un trozo de carne con una nimia línea negra. La pregunta es: ¿se trata de un codo o de una hucha? Aquí empiezan las caras de póker.
    4. No lo intentéis en casa: Flipy y su mesa de experimentos hacen su entrada. El cómico intelectual tiene una sección de ciencia (¿a quién demonios se le ocurrió ponerle en las manos una probeta a un tipo al que le cuesta retener su propia baba?), que suele acabar en fracaso (el experimento no sale) o en cataclismo (el experimento, sobre todo si es algo que explota, sale demasiado bien).

    Luego hay extras, como la sección de Marron, a la que no siempre se quedan los invitados, en la que se muestra un juego de efecto dominó; o las secciones de Jandro o Raquel, personajes ambos que le harían un gran favor al mundo retirándose a hacer calceta en la paz de Siberia. Pero el caso es que si el entrevistado logra superar las cuatro fases antes mencionadas con una sonrisa, puede optar al pleno al 15: cantar la canción del programa en la despedida, esto es, el equivalente a una versión de la canción de los Lunnis realizada por un grupo de punk bajo la batuta de un feriante de los de cabra y escalera plegable, con su casiotone.

    Huelga decir que para un invitado nacional sólo estas pruebas ya son complicadas, dado que, además, muchos de ellos están aquejados de ese virus que se expande como la gripe por el star-system español: soy una estrella, no me toques las narices, mira qué glamour tengo, me aburro, el H&M es LO MÁS, etc. Con que imaginemos para los extranjeros, con su jet lag y sus cosas.

    Pues Hugh Jackman no. Con un par. Aguantó el programa de cabo a rabo, no se le borró la sonrisa ni un segundo, bailó, actuó, no cantó porque no se sabía la letra y, en definitiva, se metió en el bolsillo a toda la audiencia en menos de cuatro minutos. Ni siquiera flaqueó cuando un escuálido Flipy vestido con mallas doradas demasiado ajustadas (“hazme el plano de cintura para arriba, anda”) le invitó a que mezclara productos químicos y metiera un par de pilas dentro: se sacó el mago que interpretó en El truco final de la manga y embelesó con sus pases de manos.

    Es posible, probable incluso, que al llegar al hotel Jackman despidiera a su publicista y pidiera un helicóptero para volver a Australia, pero en El Hormiguero lo único que demostró ser fue uno de esos actores que se lo han trabajado hasta la saciedad, un artista que, a fuerza de machacarse, ha llegado a lo más alto, a donde quería llegar, y que ahora no sólo se muestra agradecido por ello, sino que hace gala, en todo momento, de una capacidad innata para hacerlo bien.

    Si observamos su filmografía encontraremos uno de esos actores que han trabajado mucho, mucho, incluyendo oscuras apariciones en películas televisivas. Pero desde hace algunos años, Jackman ha cogido la ola de Hollywood y se ha empeñado en no soltarla, siempre con la sonrisa en ristre, siempre dispuesto a protagonizar películas y a seguir trabajando y, de regalo, listo para marcarse una de las mejores galas de los Oscar que se recuerdan.

    Recuerda a aquel Hollywood glamouroso, con toda su basura en la trastienda y todos sus personajes siniestros (siempre los ha habido y siempre los habrá), pero en el que existían, además, estrellas de tomo y lomo, personajes que le dieron sentido a esta denominación y que ya han ganado un sitio en el Olimpo. ¿Quién, hoy en día, puede aspirar a eso? Pocos, muy pocos: son estrellas en peligro de extinción. Pero siempre nos quedará Jackman. Y El Hormiguero.


  4. Cortando el pelo

    Lo escribí el Jueves 9 de abril de 2009

    Soy una de esas personas que se corta el pelo de pascuas a ramos (nunca mejor dicho) y, por tanto, suele ocurrirme que me pego unos rapes bastante pronunciados una o dos veces al año, cuando el flequillo empieza a impedirme ver con claridad.

    Hacía ya dos meses que lo veía todo codificado, y que la incómoda media melena me interrumpía cada vez que hacía cualquier movimiento de cabeza: mi visión lateral dependía de la raya del pelo, y un insidioso mechón, que nacía a la altura de la sien, se colaba en la comisura derecha de mi boca cada vez que iba a cruzar la calle.

    Pero ayer, por fin, me decidí a rendirme al imperio de las tijeras y la maquinilla para que dieran buena cuenta del perro de aguas que me acompañaba allí donde iba. Aprovechando la tarde, tan agradable, paseé con calma por la calle Fuencarral hasta una peluquería cualquiera, y entré con paso decidido. Mientras que me lavaban el pelo, observé a mi alrededor el local, lleno de luces azules y de baldosas inmaculadas, por el que corrían atribulados especialistas en materia capilar que parecían recién escapados de Fama.

    Finalmente, llegó la hora de sentarse frente al espejo. Me preguntaron cómo lo quería, y pedí maquinilla. Con horror, me fue negada por el momento, y empezó la operación a tijera. Iban cayendo densos mechones por mi cara, por la bata, por el suelo, por todas partes. Por un momento, parecía un emo: el flequillo seguía en su sitio; todo lo demás, no. Veía tras de mí ojos tristes por no poder hacerme un cardado y teñírmelo de azul.

    Siguió el corte hasta el momento pánico: ahora parecía que durante las próximas semanas estaría necesariamente obligado a peinarme hacia arriba. “Más, córtalo todo”, exclamé. Aquello empezaba a tomar forma y notaba que a los dedos cada vez les costaba más encontrar dónde cortar. Finalmente, logré que me dejaran corto por los lados, algo más largo por arriba: se había producido el milagro; me habían hecho caso.

    Di las gracias, pagué, y salí a la calle de nuevo. El sol me cegó, la vida había vuelto a la alta definición. Noté la brisa de última hora de la tarde mientras que me miraba en los escaparates; noté cómo al coger el móvil intentaba calzarlo por debajo del pelo que recubría mi oreja hasta pocos minutos antes; me descubrí en más de una ocasión haciendo el giro de cuello del pelopantene, aquel que tantas tortícolis me había estado provocando.

    Luego llegué a casa. La locura, mi madre llorando de emoción, confeti por los aires… Como si del solsticio se tratara, como si una tribu pagana cualquiera estuviera celebrando el nacimiento de un salvador, o rindiendo culto a los frutos de la cosecha.

    Feliz, y fresco, dormí mejor que nunca.