RSS Feed

marzo, 2009

  1. Working on a Dream

    Lo escribí el Lunes 30 de marzo de 2009


    Acercarme a un disco de Bruce Springsteen siempre me provoca sentimientos encontrados: el cosquilleo de degustar una nueva perla de un ídolo; la incertidumbre de si habrá tropezado, como por desgracia hace de vez en cuando; y la siempre gratificante sensación de que durante la próxima hora no me tengo que preocupar de nada más que de escuchar música, de prestar atención a lo que sucede en el iPod, generalmente durante un largo paseo.

    Working on a dream apuntaba al desastre tras la escucha de los dos primeros singles, esto es, la canción que pone título al disco y My lucky day: la primera, por facilona; la segunda, por aún más facilona. Parecían de esos temas que de vez en cuando pare el jefe y que son fruto más de una reflexión de una noche embutida en su bagaje musical que composiciones meditadas y trabajadas. Esta tendencia ya se dio (y con profusión) en los años 90, cuando lanzó, por ejemplo, Lucky Town y Human Touch al mismo tiempo, en un desvarío que le ha valido más de un sonrojo.

    Visto, pues, que desde 2005 ha publicado cuatro discos, y que no ha dejado de girar en todo este tiempo —”pero no le vayas a ver, inconsciente, ¡si toca en España cada semana!”—, y considerando que Magic estaba al límite de caer en el más hondo de los cajones, uno se temía lo peor. Aunque por fin, la semana pasada, me atreví a hincarle el diente y me llevé una sorpresa.

    En primer lugar, es necesario alejarse de todo lo que rodea a los últimos discos de Springsteen: me refiero a esa crítica mediática ilustrada que ha decidido etiquetarle como “trovador de los desheredados” y que se vanagloria de que un mito del rock se haya subido a la Obama-fever que tantos estragos causa en los periódicos faltos de contenido (Obama tiene una cana, Obama juega a los bolos, Obama se abrocha la chaqueta). Como el propio artista decía en una entrevista reciente con Jon Stewart en The Daily Show, cuando se mete en berenjenales políticos en los conciertos y la gente le abuchea él simplemente hace como que en vez de “buuu” le están gritando “Bruuuce” y sigue adelante. Eso es justamente lo primero que hay que hacer: olvidar el envoltorio, e ir a por la hamburguesa.

    Outlaw Pete, el primer corte, supone toda una alegría para los fans que creíamos que el héroe había olvidado cómo se fabrican temas de ocho minutos que pueda escuchar cualquiera, sin necesidad de ser un iniciado en su música: crece desde un cuento de cuatreros (léase pistolero en pañales) hasta una enorme canción, sirviéndose de unos sorprendentes arreglos de cuerda que se van apoderando de la pegadiza melodía hasta explotar, y del magistral control de las dinámicas marca de la casa.

    Tras los singles, viene el terreno desconocido: una sucesión que por momentos resulta collage, una sinfonía de temas que van desde la popera y medio beatle This Life hasta el blues a lo Tom Waits que es Good Eye, rematando la montaña rusa con la redondísima The Wrestler.

    A medida que avanzaban las canciones entendía cada vez menos la lógica que las había reunido en este disco, hasta que se hizo el silencio en los auriculares y no supe qué pensar o cómo reaccionar ante lo que acababa de suceder. Luego comprendí, volvió la sonrisa post-primera escucha: el siguiente paso, una vez “indexada” la obra, fue volver sobre los cortes que, por el tipo de música que escucho últimamente, más me atrajeron.

    Examiné entonces con más detenimiento What love can do. Es una canción que se basa, de nuevo, en un riff pegadizo sobre un lecho de guitarras acústicas (muchas, una montaña) de sonido límpido y seco, contenido a la perfección por una batería sin florituras y sin rastro de reverb. Cada sonido se corta, se detiene, y entre todos se amontonan para arropar a la voz de Bruce, que canta una de esas letras quizás insulsas o quizás profundísimas. Qué más da. Armónicamente, seduce y atrapa uno de esos finales de estrofa que el productor Brendan O’Brien sugiere al jefe, quien los integra y agradece: el resultado no podría lucir mejor.

    Los guiños y recovecos por explorar se suceden —en Queen of the Supermarket distinguimos, al final, el pitido de un lector de código de barras—, dejando tras de sí la sensación de que, efectivamente, el disco requiere varias escuchas para entender al completo el sentido de cada canción, para disfrutarla enteramente. Y, de paso, para tratar de averiguar cuál es el hilo conductor, la lógica.

    Podría pensarse que, al tratarse de descartes del disco anterior, esta lógica sencillamente no existe, que se trata de una estrategia de la escuela OT, consistente en lanzar la canción importante (Working on a dream) envuelta en suficiente material como para que el comprador no se sienta estafado. Bien, no es así.

    Detrás de las canciones se mantienen dos sólidas vigas, una musical y otra literaria, que les confieren una unidad inesperada. La viga musical reside en que se trata de composiciones que crecen en torno a la guitarra acústica y la letra (pero que crecen mucho, mucho, y en direcciones absolutamente divergentes), aunando algo de los últimos trabajos de Springsteen en un solo estilo, nuevo: el frenético ritmo de la Seeger Sessions Band, la banda de 17 miembros que montaba temas en apenas dos horas bajo la batuta del boss, y que le obligó a revisar toda su discografía, a desentrañarla y a recrearla en formato acústico; la desnudez de Devils & Dust, la anterior incursión narrativa-política; o el pop sin complejos que afloró en Magic.

    La viga literaria se encuentra en el tono, en el lenguaje y en el enfoque elegidos para plantear las historias: una mezcla de simplicidad narrativa, humor y dramatismo épico que sigue funcionando como el primer día. Porque para el experimento country Tomorrow never knows (“Where the cold wind blows/ tomorrow never knows/ Where your sweet smile goes/ tomorrow never knows”) hay que ser un genio, un jeta o un poco de ambas. Springsteen, por suerte, responde a esta última descripción, resultando, como sólo él sabe, en un personaje que a veces se ríe de nostros, con nosotros o simplemente nos entretiene con algo que tararear por la calle.

    Al final, resulta que Working on a dream es lo que poquísimas veces le hemos visto al de New Jersey: un disco perfectamente editado, diseñado para ser escuchado con cierta atención y que lleva al extremo la capacidad expresiva de su creador; una de esas obras que nos dejan un regusto agradable y las ganas de volver a escucharla, o de tenerla cerca, o de tararearla: uno de esos discos que se guardan. El jefe, por suerte, lo ha vuelto a hacer.

    Aquí debajo, A night with the Jersey devil, que grabó el Halloween pasado para la web y que al final se cayó del disco.


  2. Hot Water Music

    Lo escribí el Domingo 8 de marzo de 2009

    Hot water music

    Charles Bukowksi

    New York, Ecco (HarperCollins)

    2002

    221 pp.

    Siguiendo con la buena racha de escritores atípicos, poco convencionales y absolutamente imprescindibles, me veo casi obligado a reseñar otra lectura reciente: esta recopilación de brevísimos relatos de Charles Bukowski, originalmente publicada en 1983, que presenta los temas, escenarios y tratamientos clásicos del autor. Como se suele decir, es Bukowski en estado puro: una buena manera de acceder a él.

    Se trata(ba) de un escritor con raíces alemanas, pero criado en los Estados Unidos. Dedicó gran parte de sus esfuerzos literarios a la producción poética, faceta más que reseñable pero, me imagino que por el océano cultural que nos separa, poco conocida por estas tierras. Y un buen día, Charles comenzó a escribir relatos, con ese tono sucio, pesimista y descarnadamente vívido que lo han hecho famoso, y que lo ligan, en un nivel bastante obvio, a otros maestros como Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis, por no mencionar a los DeLillo, o Ballard incluso, que comparten con él lo que un amigo de Ian McEwan etiquetaba como “maestría del desasosiego”.

    Hot water music es un libro que se puede leer de mil maneras distintas, entre ellas algunas tan atractivas como cocinando, bañándose o en el Metro, un listón que pocos autores con algún impacto intelectual pueden superar, pero que Bukowski salva con gran destreza recurriendo a textos enormemente breves (subrayo el adverbio), muy espectaculares en su concepción y llenos de personajes tan oscuros que en ocasiones llegan a asustar: esta renuncia a hacer pensar al lector que no quiera hacerlo es el primer triunfo de la obra, que, tras una larga jornada, cuando uno no quiere más que meterse en la cama, atrapa como el último best-seller de moda.

    Antes de hurgar más en el libro, creo que es importante detenerse un momento en este nivel, el inmediato: ¿en qué es en lo que cualquiera se fija primero? En el mundo de Bukowski, claro. Pero uno empieza a aburrirse de oír la palabra “nihilismo” en todas partes, a todas horas, de escuchar disertaciones catastrofistas de mentes reblandecidas por un pensamiento que poco tiene de forma de vida, que es (fue) más una observación aguda de lo que iba a pasar en nuestro continente a lo largo del siglo pasado; observación que unos cuantos fueron abrazando, corrompiendo y deformando hasta llegar a la incomprensión absoluta. Así, cuando Bukowski dedica un capítulo al abuso infantil, y el personaje acusado de hacerlo termina sorbiendo whisky de su vaso y confiesa: “sí, lo hice porque me aburría”, lo que cualquier espíritu sano encuentra es una reflexión turbadora de una profundiad inusitada, y no una excusa para cacarear “nada me importa, soy nihilista, el mundo es una mierda”, como si hubiera dado con una especie de presupuesto estético supremo que anula y cancela todos los anteriores, cosa que existe y, por desgracia, se extiende como una maldición: qué fácil es dedicarse a escribir, a crear limitándose a imaginar la mayor sordidez jamás concebida y a transmitirla de cualquier manera, para así generar un efecto facilón y sin fondo. Con esto quiero decir que aquellos que encuentran que el mayor logro de Bukowski es escribir palabras y situaciones soeces, sórdidas y oscuras le están menoscabando de una manera que en absoluto merece.

    Dicho lo cual podemos enterrar el hacha de guerra y seguir. ¿Cómo es el mundo sensible de Bukowksi? Como en el caso de tantos otros escritores de esta hornada, se trata de un Los Ángeles decadente y ruinoso, de una ciudad en la que no hay estrellas de cine sino prostitutas, moteles y camareros, y mucho alcohol, y mucho desorden por todas partes. Pero en ningún momento se da a entender que Los Ángeles es así, porque el narrador se cuida muy mucho de sortear una descripción completa, absoluta del escenario y se limita a hablarnos del entorno inmediato, de aquél en el que tendrán lugar los acontecimientos. De esta forma se logra un resultado mucho más amplio, ya que el paisaje resulta inabarcable, como en cualquier ciudad real: Bukowski nos muestra una parte, su parte, y el resto lo vemos de pasada. Sería demasiado pretencioso tratar de embutir toda la urbe, con sus luces y sombras.

    Esta estrategia se ve reforzada por el uso esporádico, en algunos de los textos, de una primera persona que sólo se molesta en contarnos qué pasa en ese preciso instante, y no siempre se esfuerza en aclarárnoslo absolutamente todo: así sucede en el relato en el que Henry Chinaski, un alter ego de Bukowski (digo yo, porque recuerda bastante a él) acude con una acompañante a cierta lectura de poesía, de un escritor al que no aguanta. ¿Cómo es la librería? ¿Quién asiste a la lectura? ¿Cómo está dispuesto todo? Apenas importa: una pincelada sobre unos carteles que cuelgan de las paredes, una frase sobre cierta mujer que mira mal a Chinaski, borracho, reventando la lectura… ¿Qué más necesitamos?

    Como les sucede a un enorme número de autores norteamericanos, el narrador aquí nunca puede evitar mencionar el aplastante sol de California y las noches frescas (o insoportablemente calurosas) de la ciudad. En este sentido sí que se nos proporcionan descripciones exhaustivas: se busca mostrar al lector los factores externos que afectan al personaje, y el clima, como una especie de hilo conductor imperceptible, ocupa un lugar de excepción en este apartado. Puede parecer superfluo, pero le da mucho color al texto.

    Poco tiempo antes de atacar este libro había leído a Boris Vian, la colección de Blues pour un chat noir. Hay algunos elementos que recuerdan tremendamente a Bukowski, que nos sirven además para comentar su escritura con algo más de tino. Vian concebía sus textos, se sentaba a redactarlos y fin de la historia. La escritura fluía, llegaba y, como en una buena actuación musical, emergía para permanecer en el papel, sin apenas revisiones. Esta técnica es muy atractiva, sobre todo en esos momentos en los que uno sólo tiene ganas de ver un taco de folios llenos, además de servir de excusa para cualquier imperfección que se encuentre a posteriori en el material publicado. Lo que ocurre es que Vian era Vian, y llegó a crear textos de enorme calidad (y otros más bien reguleros tirando a malos, todo sea dicho) a fuerza de trabajar este método.

    Otro ejemplo que me viene ahora a la memoria es Bret Easton Ellis, que escribió su primera novela, Less than zero, en cinco semanas, desde el suelo de una cabaña, donde languidecía a causa del consumo de drogas, y llenaba páginas sin apenas saber lo que hacía.

    En ambos casos, el de Vian y el de Ellis, el resultado han sido obras de gran calidad (más en el caso del segundo que del primero, si se me permite), pero en las que se puede percibir una cierta urgencia que afecta no sólo a la estructura, sino al lenguaje, al estilo, que se deja llevar por el propio ritmo de los acontecimientos y que acaba por parecer al lector algo puramente funcional: no importa cómo te lo diga, sólo te lo quiero decir.

    Lo que Bukowski hace es jugar con esto, como el grandísimo escritor que era. Parece que no importa escribir, que es sólo un trámite por el que quiere pasar lo más deprisa posible, de puntillas, y dejar constancia de su historia lo más deprisa posible. Pero he aquí que, de pronto, encontramos una frase agazapada, un comienzo de párrafo que no es un verbo que afecta a los personajes, sino un sustantivo, un adjetivo bien encadenado y una sintaxis precisa, descriptiva. Son pequeñas oraciones disimuladas entre el ritmo continuo de acciones, de acontecimientos que se suceden sin descanso, y que sirven para adornar, para condimentar: no sólo las descripciones, discretas, a las que antes me refería, sino reflexiones profundas que, comprimidas, no obstaculizan el paso de la historia, lo enriquecen enormemente.

    Así, destapando minúsculas perlas que van quedando por el camino, descubrimos que el poeta que parecía haber escrito como cualquiera de sus descuidados personajes ha sometido, en realidad, al manuscrito a varias pasadas, a un trabajo de estructuración y arquitectura laborioso y siempre lento, aunque seguramente a Bukowski, a estas alturas, ya le saliera solo.

    Ya tenemos el estilo y la estructura, ahora viene el más difícil todavía: ¿cómo lograr que todos los textos tengan una coherencia? ¿Qué hace de este libro una obra completa, acabada, y no un collage propio de un muerto de hambre que, tras abrir el cajón, le endosó todo lo que había dentro a su editor?

    En la respuesta se encuentra el mayor logro del libro, sin duda: Bukowski se siente cómodo en determinados temas, en determinados hábitats recurrentes a los que acude sin parar. Pero a medida que avanzamos en los textos percibimos que todo ese marco estético (ese nivel básico, formal, espectacular, efectista si se quiere, del que hablaba más arriba) se convierte en un medio de expresión, en la única manera en que el autor se ve capaz de plasmar algo.

    El juego consiste, básicamente, en coger una idea, guardarla en la cabeza e ir dejándola evolucionar, mutar, hasta que toma forma en ese marco estético propio, en ese vehículo de expresión: fondo y forma. Normalmente este proceso, del cual pende en gran medida el arte de escribir, se manifiesta en el texto de dos maneras posibles: una, que es explicitando cada peldaño de la reflexión desde su génesis hasta su término, con lo cual se corre el riesgo de caer en la trampa de contar al lector la propia vida interior (así, entre nosotros, un tostón); y la otra, que es la más habitual, que consiste en reflejar únicamente el término de esa reflexión, eliminando todo el proceso previo.

    Lo que Bukowski presenta en este libro es un poco de ambas tácticas: cada relato es único, cerrado y acabado, pero entre todos componen una evolución lógica, desde el punto A hasta el punto B. Así sucede con, por ejemplo, la idea del sexo casual entre dos desconocidos: puede ser un protagonista en primera persona con una prostituta, o un hombre en un ascensor con una pelirroja, o un chaval con una mujer borracha… Hay mil posibilidades.

    Esta idea se repite, una y otra vez, pero con cada repetición cambia: cambia el contexto, cambia el resultado, cambian los sentimientos (si los hubiera)… Algo se va transformando dentro del propio relato, y, así, asistimos a una evolución implícita que da cuenta de los pensamientos de Bukowski a lo largo del proceso creador.

    Este cambio latente le da una frescura inusitada a la compliación, ya que genera una continuidad subyacente que hace dudar al lector de si está asistiendo a un efecto buscado, consciente o casual: ¿se muestra, después de todo, el autor, o una vez más está jugando con nosotros?. La pregunta nos persigue hasta cerrar el libro, cuando, decididos a responderla, concluimos que ese misterioso narrador que al tiempo inquieta, seduce, y engancha es un personaje más, con mucho de Bukowski, y mucho de invención: pero nunca sabremos dónde está la frontera entre lo falso y lo real.

    La fuerza literaria de Bukowski convierte Hot Water Music en una obra en prosa que, por momentos, parece poesía: el fondo queda reservado a quien lo quiera inspeccionar, pero, entre tanto, podemos dejarnos mecer por la delicia formal que es su escritura. Una vez hecho esto, y tranquilamente, ya nos detendremos en las complejas relaciones humanas, en la introspección destructiva, en el paso de la vida, en la muerte, en todos esos temas profundos sobre los que no hay tratado de sociología, aquellos que salen a la luz en una cena cualquiera, alrededor de una mesa cualquiera, cuando a alguien le da por ponerse trascendental y empiezan a brotar ideas existenciales sobre cómo funciona el mundo.

    En definitiva, estamos ante uno de esos libros que te recuerdan por qué existe la literatura, y de qué es capaz: un genio.


  3. Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas

    Lo escribí el Miércoles 4 de marzo de 2009

    Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas

    Stefan Zweig

    Traducción del alemán de Berta Vias Mahou

    Barcelona, Acantilado

    2002

    306 pp.

    Mirando cualquier foto de Stefan Zweig, con su calva y su bigote de austriaco de principios del siglo XX, a uno de le cuesta descifrar la apasionante biografía que tuvo, como escritor y como persona. Se trata de un autor imprevisible en el contenido de su obra, y sorprendentemente accesible en la forma: uno de esos escritores que, sin apenas esfuerzo —en apariencia, al menos—, nos acerca los detalles más deliciosamente insignificantes y apasionantes de cualquier materia, mientras que lo riega todo con sus propias reflexiones, sin dejar por ello que el ego carcoma la obra: un ejercicio de moderación y equilibrio que lo convierten, sin duda, en un imprescindible.

    Antes de emprender la lectura de esta pequeña joya ataqué otra obra de Zweig, breve e inacabada, que supone un ejemplo perfecto de lo que fue el autor y de lo que es su estilo, y que nos sirve además de introducción a lo que encontraremos aquí, aunque su escritura sea posterior: se trata del ensayo titulado Montaigne, en el que desgrana la obra y vida del solitario y ejemplar escritor renacentista Michel de Montaigne, aquel que, un buen día de 1572, dijo que a él le dejaran de guerras de religión y de historias, y se encerró en su torreón con una nutrida biblioteca a dar forma al proyecto de su vida: unos ensayos que recogieran todo su pensamiento, en forma de reflexiones sobre el mundo que le rodeaba, encapsulándose, de paso, a sí mismo para la posteridad.

    Encontramos, paradójicamente, el propio perfil de Zweig reflejado en Montaigne: aquel que se atreve con todo, que no teme a la aventura de abordar cualquier cuestión que le interese y que, a medida que pasa la vida se va cansando, espantando de sus congéneres, más y más, hasta retirarse del mundo (Montaigne con algo menos de violencia que Zweig: la solución del torreón en la campiña francesa parece más comedida que buscar un paraíso utópico en Brasil).

    Momentos estelares…, como bien advierte el autor en su introducción, es una recopilación de aquellos instantes que, en un minuto, en un segundo, marcaron para siempre el devenir de la humanidad. ¿Grandes guerras, enormes descubrimientos y discursos inolvidables? Sí, pero también momentos inesperados, íntimos, casuales que se escapan de los libros de Historia al alcance del gran público, y que nos descubren a los menos duchos en la materia cuestiones que no hacen sino despertar el apetito.

    Desde la muerte de Cicerón hasta el tendido del primer cable telegráfico por el Atlántico; desde la caída de Bizancio hasta la composición del Mesías, de Händel, tras cada nuevo capítulo sólo tenemos la certeza de que nos aguarda una de estas miniaturas posterior en el tiempo, pero nada más: es Zweig quien nos lleva por esta montaña rusa con firmeza, sin detenerse y —he aquí el gran logro— sin obligarnos a asistir a todos y cada uno de sus hallazgos. Así, uno abre la primera página de esta selección y queda atrapado, la recorre de arriba abajo, nervioso, hasta que el libro vuelve a la estantería. Pero días, semanas más tarde encontrará cierta referencia a cierto sultán y volverá al índice para revisar el capítulo correspondiente.

    No tiene sentido atreverse a valorar cómo se han escogido estos momentos históricos, puesto que probablemente erraríamos en el intento y, además, estaríamos atacando frontalmente uno de los puntos fuertes de la obra, como el truco de un buen mago, de esos de los que no se quiere ni conocer el secreto: momentos que hayan cambiado la humanidad los hay a patadas, y ¿por qué rasero elegirlos? Cada cual sacará su conclusión.

    Llama la atención el esfuerzo no sólo en el nivel histórico, sino lingüístico-literario: a lo largo de la obra quedan las huellas de una escritura extendida en el tiempo, larga y pausada, bajo el popurrí de tipologías textuales que se dan cita. De esta forma, el indulto de Dostoievski es un poema; la muerte de Tolstoi, una obra de teatro; la resurrección de Händel tras su apoplejía tiene forma de relato romántico, con diálogos y muchedumbres emocionadas; y el descubrimiento del Pacífico se empapa en épica.

    Pero todos, absolutamente todos los fragmentos guardan esa impronta única de Zweig, fruto de un dominio de la lengua y de la escritura que le permitían generar relatos casi periodísticos, quedar agazapado en un rincón de la obra, dando cuenta de cada detalle hasta que una explosión emocionada le impide reprimir su opinión: entonces se asoma, la grita, y vuelve a tomar notas. De hecho, es aquí, en esta escritura, donde reside otro de los grandes trucos de Zweig, y uno de los que más encandilan: logra describir una escena de la manera más casual, más cercana y, cuando menos lo esperamos, nos recuerda que sucedió hace muchos siglos, muy lejos.

    Poco a poco las historias se ensombrecen, y la densidad de momentos más cercanos a su propia vida (1880-1946) se incrementa. Podría criticarse este claro decantamiento por lo cercano, que ocupa un lugar que quizás debería estar reservado a cualquier otro invento, invasión o descubrimiento, pero, una vez más, el maestro se guarda un as: el terreno queda perfectamente abonado para un siglo XX que aún nacía y daba sus primeras patadas y, creedme, el efecto de pasar la última página y tomar cualquier otra obra que comience donde Zweig lo dejó es impagable.

    Lo más negativo de esta edición es la traducción de Berta Vias Mahou: cada significado y cada matiz parecen estar ahí (uno, que no sabe alemán), pero en algunos momentos cojea de manera molesta hacia el original, dejando entrever que el texto ha pasado por sus manos. Por ejemplo, en alemán quizás no sea tan extraño que el narrador abra un inciso entre rayas y exclame. Pero en español eso no suena del todo natural… quizás sea aceptable, quizás no tenga otra solución, no lo sé, pero desde luego en algunos momentos la sintaxis deja un regusto a bratwurst que descoyunta el texto, el léxico queda prendido con alfileres: es el riesgo de traducir a los grandes, que conocen tan bien su lengua, tienen tan bien indexado el repertorio semántico y sintáctico en la cabeza que, sin esfuerzo, recuperan la forma deseada, y dan en la diana con la frase justa. Eso es absolutamente difícil de mantener, qué duda cabe, pero ¿qué menos, cuando exiges 18 euros por la edición?

    En cualquier caso, sería estúpido tratar de ocultar que este libro es una de las patas de cualquier biblioteca. Lo tiene todo. Proporciona emoción, una lectura interesante, una carga histórica irrefutablemente bien analizada, una escritura cuidadosa, mil y una lecturas diferentes y, lo que para mí prima sobre lo demás, logra conjugar todos esos elementos para lanzar al lector una batería de preguntas que se adhieren, y que no dejan otra escapatoria más que seguir buscando: ¿qué marca el devenir de la humanidad? ¿Qué rasgos tiene la humanidad, y quién pertenece a ella? Es una especie de quiénes-somos-adónde-vamos perfecto, imperecedero e ineludible.

    Simplemente increíble.