Acercarme
a un disco de Bruce Springsteen siempre me provoca sentimientos encontrados: el cosquilleo de degustar una nueva perla de un ídolo; la incertidumbre de si habrá tropezado, como por desgracia hace de vez en cuando; y la siempre gratificante sensación de que durante la próxima hora no me tengo que preocupar de nada más que de escuchar música, de prestar atención a lo que sucede en el iPod, generalmente durante un largo paseo.Visto, pues, que desde 2005 ha publicado cuatro discos, y que no ha dejado de girar en todo este tiempo —”pero no le vayas a ver, inconsciente, ¡si toca en España cada semana!”—, y considerando que Magic estaba al límite de caer en el más hondo de los cajones, uno se temía lo peor. Aunque por fin, la semana pasada, me atreví a hincarle el diente y me llevé una sorpresa.
En primer lugar, es necesario alejarse de todo lo que rodea a los últimos discos de Springsteen: me refiero a esa crítica mediática ilustrada que ha decidido etiquetarle como “trovador de los desheredados” y que se vanagloria de que un mito del rock se haya subido a la Obama-fever que tantos estragos causa en los periódicos faltos de contenido (Obama tiene una cana, Obama juega a los bolos, Obama se abrocha la chaqueta). Como el propio artista decía en una entrevista reciente con Jon Stewart en The Daily Show, cuando se mete en berenjenales políticos en los conciertos y la gente le abuchea él simplemente hace como que en vez de “buuu” le están gritando “Bruuuce” y sigue adelante. Eso es justamente lo primero que hay que hacer: olvidar el envoltorio, e ir a por la hamburguesa.
Outlaw Pete, el primer corte, supone toda una alegría para los fans que creíamos que el héroe había olvidado cómo se fabrican temas de ocho minutos que pueda escuchar cualquiera, sin necesidad de ser un iniciado en su música: crece desde un cuento de cuatreros (léase pistolero en pañales) hasta una enorme canción, sirviéndose de unos sorprendentes arreglos de cuerda que se van apoderando de la pegadiza melodía hasta explotar, y del magistral control de las dinámicas marca de la casa.
Tras los singles, viene el terreno desconocido: una sucesión que por momentos resulta collage, una sinfonía de temas que van desde la popera y medio beatle This Life hasta el blues a lo Tom Waits que es Good Eye, rematando la montaña rusa con la redondísima The Wrestler.
A medida que avanzaban las canciones entendía cada vez menos la lógica que las había reunido en este disco, hasta que se hizo el silencio en los auriculares y no supe qué pensar o cómo reaccionar ante lo que acababa de suceder. Luego comprendí, volvió la sonrisa post-primera escucha: el siguiente paso, una vez “indexada” la obra, fue volver sobre los cortes que, por el tipo de música que escucho últimamente, más me atrajeron.
Examiné entonces con más detenimiento What love can do. Es una canción que se basa, de nuevo, en un riff pegadizo sobre un lecho de guitarras acústicas (muchas, una montaña) de sonido límpido y seco, contenido a la perfección por una batería sin florituras y sin rastro de reverb. Cada sonido se corta, se detiene, y entre todos se amontonan para arropar a la voz de Bruce, que canta una de esas letras quizás insulsas o quizás profundísimas. Qué más da. Armónicamente, seduce y atrapa uno de esos finales de estrofa que el productor Brendan O’Brien sugiere al jefe, quien los integra y agradece: el resultado no podría lucir mejor.
Los guiños y recovecos por explorar se suceden —en Queen of the Supermarket distinguimos, al final, el pitido de un lector de código de barras—, dejando tras de sí la sensación de que, efectivamente, el disco requiere varias escuchas para entender al completo el sentido de cada canción, para disfrutarla enteramente. Y, de paso, para tratar de averiguar cuál es el hilo conductor, la lógica.
Podría pensarse que, al tratarse de descartes del disco anterior, esta lógica sencillamente no existe, que se trata de una estrategia de la escuela OT, consistente en lanzar la canción importante (Working on a dream) envuelta en suficiente material como para que el comprador no se sienta estafado. Bien, no es así.
Detrás de las canciones se mantienen dos sólidas vigas, una musical y otra literaria, que les confieren una unidad inesperada. La viga musical reside en que se trata de composiciones que crecen en torno a la guitarra acústica y la letra (pero que crecen mucho, mucho, y en direcciones absolutamente divergentes), aunando algo de los últimos trabajos de Springsteen en un solo estilo, nuevo: el frenético ritmo de la Seeger Sessions Band, la banda de 17 miembros que montaba temas en apenas dos horas bajo la batuta del boss, y que le obligó a revisar toda su discografía, a desentrañarla y a recrearla en formato acústico; la desnudez de Devils & Dust, la anterior incursión narrativa-política; o el pop sin complejos que afloró en Magic.
La viga literaria se encuentra en el tono, en el lenguaje y en el enfoque elegidos para plantear las historias: una mezcla de simplicidad narrativa, humor y dramatismo épico que sigue funcionando como el primer día. Porque para el experimento country Tomorrow never knows (“Where the cold wind blows/ tomorrow never knows/ Where your sweet smile goes/ tomorrow never knows”) hay que ser un genio, un jeta o un poco de ambas. Springsteen, por suerte, responde a esta última descripción, resultando, como sólo él sabe, en un personaje que a veces se ríe de nostros, con nosotros o simplemente nos entretiene con algo que tararear por la calle.
Al final, resulta que Working on a dream es lo que poquísimas veces le hemos visto al de New Jersey: un disco perfectamente editado, diseñado para ser escuchado con cierta atención y que lleva al extremo la capacidad expresiva de su creador; una de esas obras que nos dejan un regusto agradable y las ganas de volver a escucharla, o de tenerla cerca, o de tararearla: uno de esos discos que se guardan. El jefe, por suerte, lo ha vuelto a hacer.
Aquí debajo, A night with the Jersey devil, que grabó el Halloween pasado para la web y que al final se cayó del disco.


