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  1. Capítulo 26

    De revuelos y festivales

    La entrada del Viernes 27 de enero de 2012, por Alejandro Carantoña

    A diario, encuentro un motivo (alguno más peregrino que otro) para abrir un periódico. Muchas veces me doy cuenta de lo obsceno de la idea en el preciso instante en el que miro la portada; otras, me detengo y lo leo con avidez, acompañado de muchos cafés y pinchos, y sin mirar el reloj.

    Últimamente predomina el primer caso, solo superado por el esfuerzo aeróbico y gimnástico de enterarme de la misa a la media; pero en ese vacío, en ese aburrimiento total en el que la primera página me pesa, en general, más que una bolsa de la compra repleta escaleras arriba por la densidad de temas, me doy cuenta de lo difícil que es optimizar fuentes y reducir la lectura al mínimo necesario para cualquier mortal.

    Camps estalla en todas las portadas, y se debate, en foros nacionales muy sesudos e informados, sobre la necesidad de rehabilitarle. Ahora bien, en ese debate no se tiene en cuenta, para nada, el caso de corrupción que sigue coleando en Asturias y que no ha valido portadas de más medios que los de aquí. Todo ello, a pesar de que tiene el mismo –si no más– alcance.

    Ayer por la mañana me levanté, me tomé un café y me fui a la Casa de la Palmera a dos ruedas de prensa. Una, de un espectáculo infantil y la otra, de uno de danza. Todo parcía apacible, hasta que entré por la puerta de la sala y me encontré únicamente a la gerente del Teatro Jovellanos, María Teresa Sánchez, delante de una nube de cámaras dando explicaciones sobre la próxima (ocurrió a las cuatro) proclamación de Nacho Carballo como nuevo director del Festival de Cine de mi ciudad.

    El asunto era portada en los digitales asturianos al cabo de un par de horas, justo cuando me senté a comer, escuchando la radio (de ámbito nacional) donde alguien seguía destripando el asunto Camps, o quizás la reunión de Rajoy y Merkel. Pero con profusión y ganas, con tertulianos y todo, con saña. Con tiempo radiofónico.

    En Gijón se organizaba la mundial con Cienfuegos, Carballo y demás. O puede que, en la barra de un chigre, dos paisanos miraran el asunto Camps en la tele con el vermú en una mano y el palillo rechupado en otra, murmurando: «Y la otra, ¿qué?»


  2. Capítulo 25

    El gol de Camps en la prórroga

    La entrada del Jueves 26 de enero de 2012, por Alejandro Carantoña

    Qué abono más fértil para la comparación tontorrona, para el cruce ocioso. Pero es que parece que lo ponen a huevo: Camps fue declarado no culpable, después de tres años de dimes y diretes, y de ganar unas elecciones regionales, dos horas y media antes de que empezara el partido en el que el Barça eliminó al Madrid en Copa del Rey, con un gol anulado por nosequé y una inefable entrada de Pepe pocos segundos antes de que terminara el encuentro, como si quisiera hacer (aún más) leña del árbol caído.

    En Asturias, todo esto sucedía (tomaremos el fútbol como eje central, esas fatídicas 22 horas del 25 de enero de 2012), aproximadamente nueve horas después de que a Francisco Álvarez-Cascos le tumbaran el presupuesto y entrábamos en prórroga, con el consiguiente tumulto. Y, es más, once horas después de que Gallardón saliera con la cadena perpetua y el aborto, y se cepillara todas las previsiones sobre cuestiones judiciales.

    Maravilloso nudo de cuatro temas que muchos se han apresurado en cruzar; pero un nudo, una alineación astral que no recordaremos dentro de dos meses. El 25 de enero no pasará a la Historia como aquel día en el que todo ocurrió de una sola vez, sino como un día más, normal y corriente, salvo para los obsesos o los que han salvado la vida de milagro (!), los que han obtenido el trabajo de su carrera o los que han tenido un lindo retoño.

    ¿Por qué? Quizás porque todas estas cosas ocurren a diario, o a lo largo de muchos días. Alguno tendrá ganas de pegar un puñetazo en la mesa y afirmar que no, que esto es intolerable y que lo va a llevar grabado a fuego toda la vida: el Barça, me temo, gana al Madrid todo el rato (con perdón); Camps lleva tanto tiempo siendo no culpable que ha dejado de importar más que por la foto; Cascos y su presupuesto tenían una vida aciaga desde hace meses; y lo de Gallardón pues sí, pues bueno, habrá que ver en qué queda. Seguramente, en nada, en una curiosidad de hemeroteca que alguien descubrirá dentro de doscientos años. Boutades, todas, entrañables y olvidables.

    La realidad, que se mueve más despacio pero con más contundencia, no era esto. No era un gol de Camps en la prórroga.


  3. Capítulo 24

    Ya no se hacen catedrales

    La entrada del Miércoles 25 de enero de 2012, por Alejandro Carantoña

    Se puede hacer un Calatrava, un Niemeyer, un Ghery. Pero tiene que servir para algo: ya no se hacen catedrales.

    Será un edificio bonito, a la par que funcional. Será un edificio en el que hasta el último tornillo tenga una utilidad más allá de la estética, en el que todo rincón tenga un fin claro.

    Ya no se hacen catedrales. Ya no se hace nada «porque sí». Buscar la belleza por la belleza, la enormidad por la enormidad solo tiene perdón si al final da dinero, acoge congresos de dentistas o permite alojar a unas cuantas familias.

    Últimamente, he pasado suficiente tiempo metido en los entresijos de Peter Grimes, la última ópera de la temporada en Oviedo, como para conocer al equipo que allí curra. Obviamente, hasta que no se estrene no sabremos si el resultado es una catedral de las que aguantan o de las que se derrumban, pero el caso es que va tomando forma día a día.

    Ves al coro de la Ópera de Oviedo escuchando las lecciones de dicción del director de escena, David Alden, perfectamente vestidos después de 7 horas de ensayos.

    –Jobs. You say joooobs –pronuncia Alden.

    Y las siluetas contestan, ante la mirada paciente de su director, Patxi Aizpiri, y la atención precisa del maestro Corrado Rovaris.

    Y Albert, el regidor, corretea y se estresa, igual que Marioli, la jefa de producción. A Javier, director artístico, le arde el móvil; Alicia organiza a la prensa; Toni, la montaña humana que se ocupa de la técnica, da órdenes sin parar.

    Todos, del primero al último, parecen trabajar sin un objetivo concreto, parecen correr sin tener en cuenta el sentido o el producto final. Se ensimisman en los detalles, como hace la gente de su profesión, para que el resultado cuando se levanta el telón sea el buscado desde un primer momento.

    Construyen catedrales, porque aunque el teatro se llenara cada noche este nunca se iba a convertir en el negocio del siglo para nadie. Quizás la catedral se caiga, como digo, pero al menos estas gentes de escena ponen una piedra encima de otra.

    No, ya no se hacen catedrales.


  4. Capítulo 23

    Lo viejo y lo nuevo

    La entrada del Martes 24 de enero de 2012, por Alejandro Carantoña

    Los fans condicionales y condicionados tenemos el gran problema de que tardamos horas, incluso días, en decidir si lo último del ídolo nos gusta o no. En esta ocasión, el bocado ha sido este, y ha requerido de todo el fin de semana para llegar a una conclusión:

    La última vez que le vi en directo me prometí no volver a hacerlo, al menos con la E-Street Band, para no destrozar las buenas sensaciones que me dejó. Sigo firme con mi objetivo.

    Al lado de lo que es, o fue capaz de hacer, esta canción es bastante flojera: letra endeble, melodía simple y arreglos ramplones.

    Pero, con todo, me pone de buen humor, me despierta, me da ganas de barrer, de cantar, de fregar los cacharros, de andar por la calle, de no aburrirme. No sé qué pasa con tres acordes y ninguna floritura.

    De viejo, me acusan al chaval. De haber perdido la pegada y de no ser capaz de innovar más. De hacer nada así, nuevo, y de estar estancándose en lo que hacen los grupetes con los que se junta últimamente, como The Gaslight Anthem, a los que servidor no aguanta.

    El fan condicional y condicionado lo es porque procura escuchar varias veces los singles no con el objetivo de que le gusten sino de disfrutarlos en distintos momentos del día y de la noche. De darles nueva vida o de que se la den a él, como pasa con este temazo de los Black Keys que lleva pegado a mi cabeza una semana, sin dejar hueco a la posibilidad de que el propio fanatismo sea el que hace escucharlo.

    Springsteen para el común de los mortales, Bruce para los amigos, se nos hace mayor. Ahora bien, parece que se acerca más al retiro olímpico que a una residencia de ancianos de Florida: hazte viejo, Bruce. Que innoven otros.


  5. Capítulo 22

    Mi bando (me lo robaron)

    La entrada del Lunes 23 de enero de 2012, por Alejandro Carantoña

    Por desgracia, no hay dos bandos. Ni siquiera cuatro, sino muchos más. Cada día es más difícil no ya encontrar el propio, sino averiguar entre cuántos hay que elegir.

    Estos días, en Asturias, todos ellos andan algo nerviosos con la aprobación de los Presupuestos. Que, como en cualquier lugar, han vuelto a convertirse en un arma arrojadiza entre nosotros, ellos, y vosotros. La patata caliente no es la del osado; es la del que tiene la culpa de la crispación reinante en una sala que a nadie le interesa más que a quienes la ocupan, a los que cuentan lo que allí ocurre y a los pocos que leen el resultado, con paciencia.

    En Asturias no tenemos Presupuestos (que sí, con mayúscula), y todo apunta a que seguiremos sin tenerlos. Porque se ocupan de debatir, de comer en ese sitio en el que tienen una excelente sopa pero un servicio pésimo, pero no se ocupan de desentrañar el auténtico sentido de su trabajo.

    Por supuesto, este relato desolador es culpa del de enfrente y no es culpa de quien debería ocuparse de que nunca hubiéramos reparado en él. Por supuesto presupuesto, ahora que poco tenemos de lo que hablar más que de esto toca lanzarse bolas de papel hechas de periódico a la cara con la mayor saña posible. Y a todos nos entra el sueño.

    Los Presupuestos son una cosa técnica, muy sesuda e infinitamente difícil de hacer a ojos de quien no se ha preparado para ellos. Pero si esto es difícil (o no), aprobarlos parece un trecho más complicado, a la luz de lo que necesitan pensárselo, enmendarlo y pelearlo en un plano que no es ni el nuestro, ni el suyo, ni el vuestro. Es otro. Y no nos interesa nada, me temo.